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viernes, 27 de junio de 2014
Esbozo de un pequeño aroma a recuerdo
Te cuelga del pelo,
el recuerdo de una tarde
a la que me apresuré
con adjudicarle el olvido.
Tenes en la piel los fantasmas
de un patio y de un verano
que pertenecieron a otro.
(A quién no escribe).
Tenes, sin saber por qué,
quizás hasta no teniendo,
los colores del crepúsculo,
el dolor de los cardos
en las plantas de los pies.
Te cuelga del cuello,
un verano de antes
de esos en que nadie
hablaba de política,
ni de religión,
ni de letras.
Te arranca la sonrisa
y tal vez sea la hora,
el color de una pared
lejana y pobre
de un barrio de Areco.
Ya se, por vos,
noche,
que el recuerdo no es
un relato de la memoria
sino que es un compendio
de fantasmagóricas imágenes
colándose por nuestros poros
por todos nuestros orificios
mientras yacemos al calor
de una cama.
Oda a la cotidianidad
¿De qué colores veremos
los conventillos en el cielo?
No sería el paraíso sin el ruido
de eclécticos peatones
masticando un choripan.
O sin el dulce olor del vino
tinto que viaja
en los colectivos vespertinos.
Mañana el sol seguro
-seguro como un pibe que
se juega la vida
por un televisor,
y algo más-
bañará todas las esquinas
de todas las pancitas amargas.
¿Y qué podemos hacer?
Nada.
Ni escribir, ni rezar.
Ni cantar con las hinchadas
los cantitos de insultos
habituales en partidos
que ya no nos distraen.
Que angostos resultan ser
los pasillos que llevan a la muerte
o al miedo.
los conventillos en el cielo?
No sería el paraíso sin el ruido
de eclécticos peatones
masticando un choripan.
O sin el dulce olor del vino
tinto que viaja
en los colectivos vespertinos.
Mañana el sol seguro
-seguro como un pibe que
se juega la vida
por un televisor,
y algo más-
bañará todas las esquinas
de todas las pancitas amargas.
¿Y qué podemos hacer?
Nada.
Ni escribir, ni rezar.
Ni cantar con las hinchadas
los cantitos de insultos
habituales en partidos
que ya no nos distraen.
Que angostos resultan ser
los pasillos que llevan a la muerte
o al miedo.
Calle, hora, barrio,
Salgo a la calle y un tipo
golpea la puerta de mi atención
"¿Una moneda, amigo?" pregunta
con una mecanización hija
de haberlo preguntando ya tantas veces
que da lo mismo que sea yo
al que ahora se lo pregunta.
Creo que lo conozco, lo vi antes.
Tienen los rasgos del hambre
del rencor y del frío.
(Y una bufanda le abraza la nuez,
del Adán padre).
No le sirve el cielo, ya
Al pordiosero que pide comer
A gente que no conoce ni sabe
Que esa misma noche lo verán
En la vigilia del sueño
Con el rostro del Hombre.
El peso con cincuenta ya estaba
en su mano cuando me despedí
sabiéndolo tan propio como mi sangre.
golpea la puerta de mi atención
"¿Una moneda, amigo?" pregunta
con una mecanización hija
de haberlo preguntando ya tantas veces
que da lo mismo que sea yo
al que ahora se lo pregunta.
Creo que lo conozco, lo vi antes.
Tienen los rasgos del hambre
del rencor y del frío.
(Y una bufanda le abraza la nuez,
del Adán padre).
No le sirve el cielo, ya
Al pordiosero que pide comer
A gente que no conoce ni sabe
Que esa misma noche lo verán
En la vigilia del sueño
Con el rostro del Hombre.
El peso con cincuenta ya estaba
en su mano cuando me despedí
sabiéndolo tan propio como mi sangre.
domingo, 20 de abril de 2014
BARRO
Camila se recostó sobre lo que parecía
-vista a la luz pálida de la luna- una piedra grisácea de forma rectangular.
Sintió, cuando su cuerpo tocó por primera vez la rugosa superficie, un frío
recorrer su espalda, acabando como un ligero espasmo en la zona de la nuca. Junto
con ese estremecimiento un deseo súbito la asaltó: quería ver a Franco. Verlo
doblar la esquina de la callecita de tierra, en la que, justo ahora, dos perros
se corrían, circularmente, debatiéndose un pedazo de carne que habían tirado,
para divertirse, un grupo de comensales que, mirándolos, se reían sentados
afuera de uno de los bares de la costanera, el más iluminado.
Una voluptuosidad de un azul algo más
claro que el cielo se acercaba desde el horizonte sur, anunciando lo que sería,
sin dudas, la primera lluvia de otoño. Camila las miró por un momento, pensando
en que, si se largara a llover, el regreso a casa se complicaría muchísimo, ya
que la calle se embarraría toda y, por ser sus viejas zapatillas de gamuza el
único vehículo del que disponía, se ensuciaría, cayéndose, suponía, más de una
vez.
Intentaba hacer fuerza para que no
lloviera, como quién hace fuerza para no hacerse pis encima. Sentía, en lo
íntimo de su inocencia, que ciertas cosas dependían de la voluntad; que ciertas
redes espirituales unían al Universo con ese otro universo, no menos amplio y
complejo, de nuestro interior. Por supuesto estas ideas a Franco le generaban
unas incontenibles ganas de ejercer, en cualquier lugar en el que estuvieran,
su exquisita capacidad para la burla. Algunas escenas las tenía olvidadas, pero
otras, en cambio, y más en momentos como este, permanecían grabadas en su
memoria, y salían, galopando, cada vez que volcaba un vaso con agua o tropezaba
con alguna baldosa sobresaliente. Ese pequeño momento de ridiculez, que en
tantos otros deviene en risa y, cuanto mucho, una ligera vergüenza, para Camila
se había transformado en una reminiscencia de la risa de Franco; una risa
monótona, constante, como la risa del pájaro carpintero que su mamá le hacía
mirar, muy de chica, mientras se “encargaba” de un hombre en su pieza.
Un episodio, uno de los últimos, había
sido bastante desagradable. Camila le contaba, mientras almorzaban en un
restaurante que enfrentaba al río, como el reiki había cambiado su vida.
Franco, quizás por celos, ya que el profesor parecía interesado en Camila, la
insultó, y le dijo que todas las culturas orientales que habían sido ensambladas
en la cultura occidental eran cosa para idiotas.
La situación de los perros se volvía
más y más violenta. Tanto, que fue necesario que unos adolescentes que pasaban
en bicicleta por ahí tuvieran que separarlos. En un momento, uno de ellos
pareció ser mordido, y pateó a uno de los perros, que largó un aullido,
haciendo voltear a los comensales de los bares aledaños.
Camila miraba el reloj. Sabía que
Franco no llegaría nunca. Ella llegó hasta ahí envuelta en un impulso
frenético, irracional para la superficie clara de la consciencia. Prendió un
cigarrillo, miró el paquete: sólo tres. Cuando acabara todos volvería a su
casa. Calculó no más de cuarenta y cinco minutos.
No pudo evitar pensar en Julia, y en cómo estaría berreando sin ella.
Esa necesidad la desesperaba, la irritaba. Estaba, de todas maneras, en cuidado
de su madre. Ya vieja, pero con la suficiente capacidad para cuidar a una
criatura semejante. ¿La quería? No lo sabía. Ese fruto de su cuerpo y del
cuerpo de Franco recordaba muchas cosas que eran mejor no recordar.
La lluvia comenzaba a caer. Las primeras gotas, imperceptibles para la
piel de Camila, resbalaban por las hojas de los árboles. La primera gota que ella
sintió cayó sobre su hombro izquierdo, descubierto por la musculosa blanca que,
a pesar del frío, llevaba puesta. Era una lluvia ligera, como un llanto que se
intenta contener. Los ojos claros abiertos, impresionables, vieron lo que fue
la primera de las imágenes: un caballo blanco (más blanco por el contraste
entre lo oscuro del parque donde se encontraba) corría llevando, en la boca,
una pequeña muñeca de hilo blanco, con dos bolitas negras como ojos, y un
pequeño vestido azul con puntos negros. Bastó con que Camila, asustada, pestañeara
con rapidez para que la ilusión desapareciera. Sin embargo, una extraña
sensación había quedado en ella. Algo que le había dolido hace tiempo, y que ya
no recordaba pero que estaba latente, había comenzado de nuevo a doler.
Pensó, con razón, que no debía
permanecer allí. Si estaba enloqueciendo, era mil veces mejor enloquecer en su
casa que a orillas del río. Se levantó, apoyando un pie sobre una de las
piedras minúsculas que orbitaban cerca de la que ella estaba sentada. Cuando intentó pisar la piedra
siguiente, y pegar el envión para salir del charco donde estaba rodeada, sintió
que la piedra se hundía, junto con su pie, a una viscosidad de una sustancia
negra que la convención, en ese momento olvidada, no pudo llamar “barro”.
Ya en el piso, sintió como la lluvia
apuraba su ritmo. Las gotas que parecieron, hace unos minutos, acariciar su
piel, ahora eran balas de un calibre mojado. Creo que las confundió, en algún
momento, con su llanto. Hizo fuerza para levantarse del barro, y cuando lo
hizo, la musculosa blanca que resplandecía en la noche estaba llena de manchas.
Sintió, de alguna manera, que su vientre estaba manchado. El celular y los
cigarrillos quedaron tirados en el pasto cuando comenzó a correr tropezándose
con ramas, lastimándose los tobillos como cuando era niña y jugaba a la mancha
con Diana, Perla y Eliana.
La segunda visión apareció cuando
intentó cruzar la calle. Los bares estaban, ahora, vacíos. Una inmensidad de
negrura atravesaba la calle, cubriendo la luz de los postes, las rayitas
amarillas de la calle y los pinos del bulevar. En ese líquido negro, símil
petróleo, iban nadando muñecas de su infancia, que creyó reconocer. Las mismas
muñecas que su mamá le regalaba para sus cumpleaños, pero obsoletas, y rotas.
Sin ojos, sin piernas o manos. Algunas tenían, pero muy pocas, broches incrustados
como navajas en sus cuerpos. Además de las muñecas, en el líquido también
flotaban cartas, de esas que su mamá leía cuando lloraba, o al revés.
Acorralada por la imagen en la calle
corrió para el lado contrario. El ruido del agua, los saltos de los peces, se
hacían cada vez más cercanos. Sus piernas pisaban lo que pensó que no eran
hojas.
El río pareció, al verlo, familiar y
calmo, comparado con aquel otro río. Fue imposible no tirarse.
domingo, 9 de febrero de 2014
Todas las cosas del mundo
En lo irreal de la noche
-fruto de lo inmóvil
e irrisorio de su tiempo
(impune e invariable)-
Pasa y me roza la vida
una mujer
-cualquier mujer-
y deja en el aire
un perfume
-hijo de su fuga-
que creo,
o quiero,
reconocer.
Me recuerda
ese aroma,
-mezcla de jazmín
con rocío
de lluvia-
a una infancia
quizás mía,
quizás perdida,
quizás de todos.
Llegó a mi casa
para buscar ese recuerdo
entre los cajones de ropa
entre todas las cartas
entre todas las deudas.
Y no,
no lo encuentro.
No está.
Maldigo su inexistencia
prematura,
su exilio penoso
a las tierras vecinas
de la memoria
que ustedes llaman
olvido.
Terminó ya
está roto
el recuerdo resquebrajado
de lo vivido.
Se borraron
las marcas, la mancha
la certera herida
que deja pasar
por esta vida.
Se fue, por fin, el recuerdo
del niño feliz,
del fantasma
que con su no-saber-aún
teñía
de leve felicidad
todas las cosas del mundo.
-fruto de lo inmóvil
e irrisorio de su tiempo
(impune e invariable)-
Pasa y me roza la vida
una mujer
-cualquier mujer-
y deja en el aire
un perfume
-hijo de su fuga-
que creo,
o quiero,
reconocer.
Me recuerda
ese aroma,
-mezcla de jazmín
con rocío
de lluvia-
a una infancia
quizás mía,
quizás perdida,
quizás de todos.
Llegó a mi casa
para buscar ese recuerdo
entre los cajones de ropa
entre todas las cartas
entre todas las deudas.
Y no,
no lo encuentro.
No está.
Maldigo su inexistencia
prematura,
su exilio penoso
a las tierras vecinas
de la memoria
que ustedes llaman
olvido.
Terminó ya
está roto
el recuerdo resquebrajado
de lo vivido.
Se borraron
las marcas, la mancha
la certera herida
que deja pasar
por esta vida.
Se fue, por fin, el recuerdo
del niño feliz,
del fantasma
que con su no-saber-aún
teñía
de leve felicidad
todas las cosas del mundo.
martes, 12 de noviembre de 2013
La espera
Faltaban apenas un mes y medio para que terminara el año y -como en todos
los años- Sandra sentía en la lengua, en sus pechos y hasta en su vestido azul
nuevo cierta amargura. Esa amargura no era nueva, y era hija de la decepción
que le había procurado -como en todos los años- ese año vivido (si es que ese
verbo se podía aplicar a eso que había sido tan ligero, tan fácil, tan neutro y
tan poco parecido a lo que las novelas y películas vendían como vivir). Mientras ensillaba el mate imaginaba
si toda vida sería como la suya. Prefirió convencerse de que no, de que no era
así, para nada. Prefirió eso porque, en rigor, como toda preferencia, le
convenía: la posibilidad que al menos una vida no fuera como la suya significaba
también la posibilidad de que esa insipidez que la acosaba no era clausula
obligatoria de la existencia, y eso, gracias al cielo, la llevó a pensar que en
algún momento algo podría cambiar, porque desde ya todos sabemos que nadie está
tan limitado como para vivir solo una vida.
Fede, su hijo, jugaba en el patio, con los hermanitos Juárez que vivían en
la casa de al lado. No los veía pero los escuchaba desde la ventana, que
permanecía cerrada para disimular el calor del verano, ya que la habitación
estaba tan mal diseñada que justo el sol de las tres de la tarde le pegaba de
frente. Cerrada y todo, aún se escuchaban los gritos:
-¡Gooool! ¡Goooooool!
-¿Qué gol? ¿No ves, boludo, que la pelota pasó por arriba de la campera?
¿Sos ciego vos?
-Tomatela, envidioso.
Que Fede gritara gol igual que su
padre le molestaba horrores. La primera vez que lo había escuchado gritar así
había sido durante su debut en el club del barrio, en el que hizo ganar al
equipo con un certero pelotazo que el arquero no alcanzó ni a ver. Entonces la
boca de Fede se abrió grande, demasiado grande, e hizo eso, gritó, y ella
escuchó ese, hasta ese día olvidado, recordatorio de que Fede alguna vez había
tenido un padre, que también gritaba gol.
Por supuesto, lo dejó de llevar a la
canchita. Cuando se lo contó a Marta ella le contestó que todos los hombres, en
especial los argentinos, gritaban gol igual,
que no se preocupara tanto. Esa respuesta no logró satisfacerla: para ella, existía
alguna biología injusta que le había entregado a Fede la misma manera de gritar
gol que su padre. Esa biología era injusta porque su padre no era ya su padre,
había decidido no serlo más, sólo porque sí, porque lo había decidido así; por
lo que Fede era solo de ella, su única progenitora, su único vínculo con lo que
se pudiera llamar un “pasado”.
Este año –se dijo- había pasado igual que todos. Sola, siempre sola.
Incluso sola cuando un hombre la desnudaba y la tocaba después de haberla
invitado a tomar algo, mientras se tapaba la boca para que Fede no escuchara,
mientras sentía unas manos anónimas –no por ignorancia de identidad, sino por
indiferencia- subirle por la espalda hasta el cuello; incluso así, incluso
allí, sola.
No debía engañarse más, no podía y no debía: desde que Jorge se había ido,
ella se sentía sola. Y ligera, y liviana. Se sentía, en verdad, como un
fantasma.
El 31 de diciembre, mientras Sandra festejaba con Fede el fin de año, que
había sido como todos los otros años, olvidable, algo pasó, alguien tocó la
puerta. Puedo imaginar la esperanza que habrá sentido, tan sincera y tan
inútil, al levantarse para abrir la puerta.
Lo que ella esperaba, ese deseo que pareció revivir con el ruido del golpe
en la puerta, le pareció muy tonto y muy ingenuo cuando vio entrar a Marta y a Carmen con un pan dulce y
unos turrones.
Pensó, seguramente, que era otro año más. Y cortó los turrones, y los puso
junto a las garrapiñadas, los dejó en la mesa y los comió con desdén.
viernes, 25 de octubre de 2013
El cadáver
Horacio abrió los ojos desorbitados, como habiéndose
despertado de una fatigosa pesadilla. Buscó, sobre la mesa de luz, la hora que
titilaba números rojos en el despertador. Temía haberse dormido, por eso el
alivio que sintió al ver que lo había hecho por sólo diez minutos: eran apenas las
seis y diez.
Se levantó con ensayada delicadeza de la cama, tratando
de no mover ni un centímetro a Claudia, que dormía aniñada y le quedaban
algunas horas más de sueño por disfrutar. No parecía la misma mujer con la que
había discutido en la noche; ella ahora, callada, cálida y dormida, se veía
hermosa. La habitación estaba más oscura que de costumbre; seguro se debía a
esas cortinas azules que ella había comprado ayer, y que no dejaban traslucir
una sola partícula de luz, sobre todo en la mañana, cuando el sol no posaba
directamente frente a la habitación. Eran- en rigor- horribles, pero a ella le
gustaban, qué tanto.
En la ducha, Horacio comenzó a preocuparse por el
presentismo. Había llegado tarde a la oficina una única vez, cinco años atrás,
por el nacimiento de su hijo Marcos. Esa había sido razón suficiente para el
jefe, totalmente justificada, pero haberse quedado dormido diez minutos por
cansancio era una excusa que ningún empleador
en el mundo podría entender. Temió que por su impuntualidad le descontaran una
porción del sueldo, que de por sí ya era bastante miserable, entonces sacrificó
el desayunó para recuperar los diez minutos perdidos, y salió con la corbata
aún sin atar para el garaje.
Terminó de encender el auto cuando un temblor le asaltó
las manos al recordar que no había concluido un proyecto de financiamiento. Se
le había escapado, y eso nunca le pasaba. La culpa que sintió fue tan sincera,
tan cercana, que se paralizó dentro del auto encendido por lo que parecieron
exagerados minutos, mezclada la angustia que estrujaba su pecho con el ruido monótono
del motor. El grito de uno de los empleados que andaba por ahí juntando la
basura de las casas lo llevó de nuevo a la realidad, y rajó sin despegar el pie
del acelerador.
Era muy tarde, por lo que Horacio tomó una calle paralela
a la avenida que transitaba usualmente. No recordaba haber tomado jamás esa
calle, y ni siquiera creía haber sabido alguna vez de su existencia.
No había avanzado muchos kilómetros por la calle
desconocida cuando vio una ligero mancha en el asfalto, que adquiría volumen a
medida que se le acercaba. Bajó vencido por la curiosidad, y notó que la mancha
era en verdad una bolsa negra, algo rota, solitaria en el medio de la calle.
Con atrevimiento y lentitud la abrió, y se encontró con
el cadáver.
Vestía de traje verde, y su cara estaba totalmente
envuelta en sangre, ocultando la mayoría de sus rasgos; sólo se veían dos ojos
cerrados, que, de no ser por ellos, Horacio hubiera pensado que el muchacho había
sido víctima de una muerte violenta. Nunca había visto uno antes, pero ese
extravagante encuentro no lo aterró más que la idea de que alguien lo descubriera
parado ahí y pensara – equivocadamente, claro- que la vida de ese joven ahora
frío había sido arrancada por él. Tomó, entonces, la apresurada decisión de
cargar el muerto en el baúl del auto e irse lo más rápido posible del lugar.
Durante los primeros metros hechos, la tranquilidad de no
encontrarse más en ese lugar, sólo y con un cadáver, le provocó un sentimiento que
lo obligó a agradecer a la Providencia. Pero, luego, cayó en la cuenta de que
tenía que ir al trabajo, y que cargar ese muerto en el auto no había sido tan
inteligente. Pensó en tirarlo, abandonado, en algún lugar de la banquina, pero
advirtió que sería muy peligroso, ya que requería de una ligereza y unos
métodos que desconocía. Además, estaba todo ese asunto de las huellas digitales,
que –aunque él no supiera como funcionara- seguro servirían de atroz atajo para
justificar su encierro.
Quiso llamar a su jefe, pero llamarlo para excusarse con
que tenía un cadáver en el auto podría levantar alguna sospecha, así que se
dijo para sí mismo, y casi gritando, como para convencerse:
-Qué me importa a mí, este cadáver sucio y anónimo. Tengo
que ir a trabajar, porque yo todavía tengo una vida que mantener, y una mujer,
y un hijo, y unas cortinas horribles y azules. ¡Que se vaya al carajo, me lo llevo
nomás!
La efusividad fue disminuyendo a medida que se acercaba
al edificio. Cuando ya estaba a unas cuadras, dudó en dejar el auto en el
estacionamiento, porque le saldría cinco pesos que no pensaba gastar, pero
dejarlo en el medio de la calle con semejante copiloto podría traerle algún problema. Entró, pagó su lugar,
y se fue caminando la media cuadra que le restaba para llegar a la oficina.
Como había llegado veinte minutos tarde intentó evitar el
inevitable encuentro con su jefe. Cuando lo vio asomándose por un pasillo,
quiso ensayar una huída, pero no resultó.
-¿Dónde cree que va, Gómez?
-A ningún lado en particular, Señor. (Sonó así, con S
mayúscula).
-¿Está usted bien? Pareciera que acaba de ver a un
muerto.
-¿¡Qué muerto!?
-¿Cómo que muerto?
-Nada, Señor. (Otra vez sonó así).
-Bueno. ¿Entonces terminó los proyectos de
financiamiento?
-Sí, pero me los olvidé en el auto, Señor.
-Vaya a buscarlos, che. Que se piensa, que esto es una
joda.
-No, Señor. Ya voy, Señor.
En un par de horas, Horacio ya creía ser mirado por las
aristas más inquisidoras de sus compañeros. Claro que sentía que ellos sabían
la verdad (la ahora inocultable e irremediable e ineludible verdad): la verdad
que revelaba que no había terminado sus proyectos. Intentó ocultarla
practicando algunas sonrisas que pecaban de hipócritas, preguntándole a los
“muchachos” (entre ellos se llamaban así) por los paridos de fútbol que se
jugaban todos los miércoles y a los que él, de manera militantemente
antipática, no asistía. Ellos le contestaban con una brevedad cortante, que sí,
que gano tal, que atajó tal, y los goles los hicieron Rodríguez, y Carusso, y
Gómez (no él, sino otro). Cuando pensó que el ambiente ya estaba amable le
preguntó a Carrasco si lo podría suplantar unos segundos en su oficina, que él
iba hasta el auto a buscar unos proyectos. Carrasco aceptó con más resignación
que amabilidad.
Horacio corrió hasta el estacionamiento. No sabía por qué
carajo corría, pero alguna fuerza ininteligible para él lo obligaba a correr
hasta allá. Cuando llegó, los proyectos no estaban, pero esa no fue la
sorpresa, ya que él sabía que no los tenía. La sorpresa fue, atroz fue, enorme
fue, cuando descubrió que el cadáver ya no estaba. Buscó por todos los lugares
posibles: en el baúl, en el motor, debajo de los asientos, en la guantera. Pero
el cadáver no estaba. La duda que zarpó su limitada mente fue harto previsible:
¿habría existido el cadáver en verdad? Habría jurado que sí, si no fuera porque
ahora su ausencia invalidaba ese juramento. Hubiera jurado que sí porque había
sentido su olor, había tocado su piel, que incluso se había desintegrado en sus
manos y en su corbata. “Quizás –pensó- así es mejor. Y la Divinidad me ha
librado de tan problemático paquete; quizá debo dar las gracias”. La sensación
de alivio cesó cuando, inevitablemente, creció en sus sesos la intranquilidad. Cualquiera
de nosotros puede conjeturar que la prueba de un acto que acometimos equivocada
o canallescamente es más maleable cuando se la tiene en las manos, cuando se
posee. Cuando esa prueba la tiene un otro,
el asunto puede volverse más serio. Además de esa intranquilidad, Horacio
sintió, tal vez, algo de celos: él lo había encontrado, no tenían derecho a
arrebatárselo así, sin avisar.
El celular
sonó: era su jefe. No quiso atender, no era momento. Existen vidas que son
vividas sólo para que lleguen a ciertas decisiones, a ese punto en que se
determina un destino; Horacio se encontró en ese momento, debía elegir entre
volver al trabajo, a su vida, o buscar el cadáver que había fortuitamente
encontrado en la calle -como se encuentras monedas de un peso- esa mañana. Eligió lo que él mismo un día
anterior no hubiera elegido; eligió buscar el cadáver.
No sabía si lo
habían encontrado la policía y se lo había llevado, si lo había encontrado
quién –o quiénes- lo mataron y se lo habían llevado o bien si, pero ya parecía
irrisorio que fuera posible, que hubiera resucitado. De entre los muertos,
hubiera resucitado.
Caminó (no quiso ir en su auto) por toda la ciudad.
Buscaba un saco verde, una cara manchada en sangre, una mano gris, unos zapatos
baratos. No sabía bien que era lo que buscaba, pero lo buscaba así, en
fragmentos. Llegó hasta a la desesperada pregunta a los peatones, pero solo
supo recibir caras consternadas, que reflejaban lo absurdo de la situación.
De pronto -justo en vísperas de la desesperación- una
idea posó sobre su cabeza. Espontánea e injustificable como una clarividencia,
una revelación, una epifanía: debía ir a donde lo había encontrado.
Corrió, tengo entendido que corrió, hasta allí. Cuando
dobló en la esquina vislumbró algo que no podía creer: el bulto de saco verde
estaba ahí, quieto e inmóvil, como lo había encontrado. Cuando se acercó a
verlo, un golpe le abatió la cara, y lo dejó en el suelo. El cadáver se
levantó, y su cara y su voz le dieron la forma de Giménez; la forma de alguien
vivo.
-¿Te acordas de mí, Gómez?
Horacio hizo un esfuerzo para recordar, para intentar
recordar algo que no tuviera nada que ver con ese día. Con esfuerzo recordó:
que un mes atrás había entrado un secretario llamado Giménez, recordó que era
inútil, recordó que no redacto unas tontas líneas –ahora le parecían tontas,
pero antes no- y que por esa razón, tan minúscula pero no para él, lo hizo
echar. Recordó que lo dejó sin trabajo, con una familia que mantener, por ser
inútil.
-Yo sabía que tu mujer no iba tener ningún problema en
poner el despertador diez minutos más tarde, porque te odia. También sabía que
preocupado por llegar esos diez minutos más tarde, pelotudo y obsesivo como sos,
ibas a pasar por esta calle abandonada y no por la avenida de siempre. También
supe que tu miedo y tu estupidez iba a obligarte a levantarme, a mí, maquillado
y sucio, y llevarme en tu auto. Sabía que tu miedo y tu necesidad de terminar lo que empezás iban a obligarte
volver acá, a donde te espero yo y esta pistola. A donde te espera un fin,
anónimo y seguro.
-¿Qué vas a hacer, che? No me dig-
El golpe de la bala no lo dejó terminar la frase. Su
muerte lo encontró puntual.
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