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sábado, 6 de julio de 2013

Minoú

1

Primero busca saltar los charquitos que se forman dentro de los huecos de las veredas, luego de los tristísimos días de lluvia en los que no se puede jugar. Pero cuando deja de llover y sale el sol con todo su esplendor de bizcocho amarillo, y mamá la deja salir a jugar, Minoú sale a afuera y busca los charquitos más anchos, esos en los que se necesita mucho esfuerzo para no fallar y mojarse las medias. Aunque ella no lo diga, ni lo piense, está muy cansada ya de que papá regrese de trabajar, con su bicicleta verde, y la rete por mojar las medias, único par que posee, que luego de ser mojadas deben plancharse y tenderse para secarse, provocando la terrible e imperdonable inasistencia de Minoú a la escuela. Imperdonable ya que su papá siempre repite -aunque ella no entienda, pobre Minoú- "es lo que te sacará de aquí". ¿Sacar de donde? Si a nuestra pequeña le encanta ese lugar en los que, luego de los tristísimos días de lluvia, puede salir a jugar saltando charquitos.
Luego sigue por contar las ranas, que son bichos verdes de ojos saltones que salen luego de la lluvia, pegando grandes saltos y asustando a las niñas más pequeñas.Claro que para una niña de nueve años no es suficiente esa verdosidad y esos grandes saltos para pegarse un buen susto. Es más, toda la pandilla del barrio -Minoú incluida- suelen tomar ramitas, no muy grandes, para picar a dichos monstruos, que no reaccionen de manera divertida: saltos, una barriga que se hincha, tal vez uno que escapa para terminar siendo fulminado por un camión, de los pocos que pasan.
Cierto día, cuando Minoú era más pequeña -cinco años quizá tendría- Mateo, que vivía en la misma cuadra, la corrió con una rana grande un día de lluvia, hasta que en las mejillas de la pequeña llegaron a confundirse sus lágrimas con las gotas de lluvia y Alberto, padre de Minoú y ex boxeador con enorme parecido a un oso, asustó al travieso chiquillo con un martillo, única herencia de su padre Jorge.
Minoú quería muchísimo a su padre. A su madre, sin embargo, la quería un poco menos. Casi nunca estaba en casa, pero cuando llegaba hacía llorar a papá. Eso enojaba a Minoú, que desde su temprana niñez supo ubicarse del lado de quién desparrama más lágrimas. El motivo de tantas peleas fue, hasta los últimos años de su vida, un misterio para nuestra adorada niña. Nuestra heroína deseaba, todas las noches entre rezos y santos de estampa, que los gritos cesaran, que su mamá quisiera a su papá tanto como ella lo quería. ¿Por qué no podía verlo como su protector, como su guardián, tal como Minoú lo hacía? Misterio de la vida infante, en el que el mundo es demasiado grande y está demasiado lleno de charcos y ranas como para que la violencia doméstica se convierta en concepto.
Los gritos y ruidos, las lágrimas mojando el piso y las botellas de cerveza no son un obstáculo para Minoú, que luego de esas noches tortuosas se levanta de su cama, prepara su desayuno y realiza su tarea. Su materia favorita era biología, dictada por la profesora Murkhell, una alemana auto exiliada tras haber formado parte del nazismo. Incluso se decía, y esto nos enteramos luego, que había participado en los experimentos de Josef Mengele. No significa nada esto para su alumnos, vestidos de guardapolvo blanco nube, blanco bandera, ávidos de saber lo que vive dentro de un mamífero, dentro de un reptil o un rinoceronte. En la escuela se podía respirar un aroma de inocencia y el jabón con el que lavaban los guardapolvos. En invierno las paredes lucían tristes y grises, mientras los árboles del patio sufrían heladas con sus ojos yaciendo en el suelo. En cambio en el verano todo parecía maravilloso, como sucede en todos los pequeños pueblos. El sol calentaba las baldosas de cemento sobre las que los niños dibujaban rayuelas o en las que se sentaban para jugar al juego de la oca; el cálido viento peinaba los olores del café de las maestras que se reunían para saber quién se había casado con quién el fin de semana y las clases se podían tomar afuera, al aire libre.
A todos los chicos les encantaba el verano. A todos menos a la pequeña Minoú, que prefería el invierno. Una vez, en un trabajo para la escuela, una maestra les preguntó a ellas y a sus compañeros que estación les gustaba más, a lo que todos respondieron, obviamente, la primavera y el verano. Minoú, en cambio,  respondió el invierno, y ese fue el momento, seguramente el primer momento, en el que se sintió diferente. Cuando la maestra le preguntó sobre tal disidencia, Minoú solo atinó a decir “porque sí”. “Porque sí, porque sí” en el mundo racionalizado de los adultos parece una respuesta absurda, pero en el universo de los niños donde los sentimientos profundos no están separados de la conciencia superficial por esa amiga de los adultos llamada “palabra” la respuesta “porque sí” es totalmente válida. Minoú, luego de unos años, ya habiendo separado su corazoncito por la palabra, sintió que tendría que haber respondido ciertas cosas que ella sentía que brindaba el invierno: la calidez de los abrigos, elegir una bufanda, juntar leña con papá, el humo que sale de las casas, el pasto brillando a la mañana, el vapor que sale de la boca al ir a la escuela. Cosas totalmente meritorias que nadie reconoce del invierno, estación maldita en los pueblos donde no nieva.                       
Todos sabían que Minoú era diferente. Sus blancas mejillas, su negro y abundante pelo, su ropa vieja y gastada, y algunas cosas más eran motivo de burla para sus compañeros. Ella había aprendido a no llorar, su papá le había enseñado que no se debía llorar, que nadie era capaz de ser enteramente fuerte pero que al menos se debía parecerlo. Minoú creyó esto hasta un 23 de julio –como olvidará la fecha- cuando llegó a su casa. Sus compañeros se habían burlado de uno de sus dibujos, un pequeño fantasma con una espada y una capa, entonces ella se escapó de la escuela. No lloró, ni gritó, ni se enojó. Guardo su dolor junto con sus cuadernos y lápices en su mochila y decidió irse. Cuando caminó las seis cuadras que separaban la escuela de su casa y llegó a esta, cuando abrió la puerta con una sensación de tensión –ah, la sensibilidad premonitoria de los niños- comprendió que su padre mentía. Lo encontró llorando. Su mujer se había ido, con otro hombre, se había ido. Minoú se había quedado, mágicamente, sin madre. Ese día, encerrada en su cuarto, ya sin que su padre la viera, volvió a ll        orar.


2

Antonio disfrutaba de la mirada de los demás. Con su único traje, sucio y gastado, se regodeaba recorriendo las avenidas principales del pueblo. Era alto, esbelto, de cuerpo inglés. Para un pueblito de provincia esas características eran lo suficientemente extrañas. Tanto que hasta resultaban atractivas. Además era un hombre leído, que mantenía siempre en el bolsillo del saco un libro. Paul Valéry, Faulkner, Dickens, Dostoievski. Le encantaba mostrárselos a los niños cuando los sacaba del bolsillo y hacerlos maravillar con el hecho de que las letras del libro no se hubieran mezclado. Los niños se reían. Lo amaban. Para él solo eran un pasatiempo. Su único amor pertenecía a su taller, en el que reparaba rejas, herramientas, alambrados.
En la mañana Antonio se despertaba siempre mirando la pared. Eso le significaba el comienzo de un buen día. Se calzaba el traje, tomaba dos o tres mates mientras escuchaban la radio, y salía a barrer el piso de tierra de su taller. Todos se reían de que barriera un piso de tierra, o de que, cuando los niños saltaban al taller en la búsqueda de una pelota perdida, el gritara “¡no me pisen la fábrica!”. Lo curioso es que Antonio solo contaba con veintisiete años, edad que no podría ser terreno fértil para el crecimiento de una locura. Pero bastaba verlo allí, sentado hasta el anochecer, manchado su traje con grasa mientras arregla un torno y luego releer a Lovecraft, para darse cuenta de que el tipo no contaba con todos sus jugadores.
En un pueblo donde todos conocían los árboles genealógicos de los demás, Antonio parecía ser un fruto solitario, como esos yuyos que crecen espontáneamente de la nada. Sólo se sabía que, de un día para el otro, comenzó a caminar las calles del pueblo, puso un taller, y se instaló. Cuando se le preguntaba por sus orígenes solía responder cosas absurdas. “Soy el hijo del cielo”, “siempre estuve aquí y siempre estaré”, “quién sepa mi origen morirá de las maneras más terribles”.
Minoú, ya esbelta, bien formada, toda una mujer de veinticinco años, lo conoció el día del funeral de su padre, a la que ella sola había asistido. El ataúd se rompió mientras desaparecía bajo tierra y hubo que llevarlo al taller de Antonio. Él, con su típico traje, salió a recibirla. Al principió no fue amor, casi nunca sucede así. Primero fue incomodidad, después aburrimiento, después atrevimiento, hasta que, ella enajenada por la tristeza de la pérdida de la única persona a la que quiso, y él por puro aprovechamiento y quizá hasta lástima, se entreveraron en una sórdido juego de saliva, dientes, uñas, sexos húmedos y narices y pies fríos. Cuando terminaron, Antonio ofreció cerveza, pero ella recordó a su padre y corrió hasta el cementerio a llorar.
Al día siguiente regresó, con la excusa de haberse olvidado unas medias y al día siguiente, y al siguiente. Minoú no había amado jamás a ningún nombre, aunque sí conocía de memoria las previsibles monotonías de una pareja, las perversas técnicas del sexo, y el insatisfecho anhelo de la compañía, nunca suficiente para calmar un dolor, un hueco. Con Antonio era diferente. Desde el primer momento en que lo vio lo despreciaba, pero ese desprecio lo hacía atractivo. Como si su juicio estuviera invertido, y su corazón le pidiera el calor que sólo podía brindar una persona a la que ella considerara un asco. Él, por otra parte, no había conocido el amor más que en unos versos derrotados de Almafuerte. Le gustaba esa nueva manera de sentir, de buscarse y de encontrarse sin la necesidad de las letras, o de la grasa, o de los trajes. Se amaron así por dos meses.
Minoú, que había sabido ser una mujer dulce en su niñez, luego de la partida de su madre había comenzado a detestarlo todo. Desde los sucios charcos de las rotas veredas hasta los malditos sapos, que no dudaba en aplastar ni bien tenía oportunidad. Detestaba sobre todo su trabajo. Detestaba también, sobre todo, a Antonio. Su risa, los poemas que le regalaba, su manera de mover las manos al hablar, su falsa investidura poética hacía que ella lo viera como una caricatura. Había algo de misterioso, algo de hueco, de inexplicable, que incitaba a no dejarlo nunca. A develar su misterio. Había escuchado que Antonio era el diablo, que se paseaba de traje buscando almas perdidas en el pecado, pero esos rumores solo la hacían reír. No dudaba en que esos rumores hubieran sido desparramados por el pueblo por el mismo Antonio, que pese a su alto nivel de locura, podría haberse creído el diablo, o Napoleón, o San Martín.
Semanas después de haberlo dejado supo que estaba embarazada. Fue a buscarlo pero ya era tarde. Se había ido. Sus vecinos dijeron que nunca habían escuchado nombrar a tal Antonio, y que nunca había existido un taller que no fuera el de don Hernández. Minoú abrió desesperadamente el cajón donde guardaba los poemas que le había escrito Antonio. Sólo había listas de compras, recetas médicas, y recortes de diarios. Sólo eso y su embarazo.



3

Cuando nació Leopoldo, Minoú se encontraba sola en la sala de parto. Casi desmayada del dolor, vio salir desde entre sus piernas una criatura llorona y ensangrentada. Le molestó que una enfermera lo hubiera tenido en sus brazos antes que ella. Lo llamó Leopoldo, el nombre del hombre con quién se fugó su mamá.
Leopoldo juega. Ríe y juega, como ella alguna vez lo supo hacer, con ranas y charcos. Sube a los árboles, corre a las aves en el puerto. Junta piedritas en la calle de tierra que luego guardan en un frasquito que dice “para mamá”. Minoú es una empleada contenta. La alegría traída por su hijo remplazo al dolor por el abandono de su madre, y al dolor por la pérdida de su padre. Quizás, hasta también, la incomodidad de la fuga y del olvido de Antonio. Leopoldo jamás preguntó por él, pero lo hará. Detesta pensar en que su hijo sufra el mismo dolor que ella sufrió al tener sólo un padre. Pero no importa. Minoú estaría dispuesta a ahorcar a cualquier compañerito de colegio que se burlara de él, como se burlaron de ella. “Las penas no deben ser hereditarias” recitaba siempre antes de dormirse. En una mujer cuyo corazón estaba estrujado por pérdidas la llegada de un hijo puede ser una salvación. Le gustaba verlo reconocerse en el agua del río, o verlo desfilar en la época del jardín. Le enseñó a tomar mate, a montar barriletes que llegaran alto, a ser feliz, a no llorar. Temía que volviera a aprender a llorar, como ella lo hizo con la partida de su madre. Vivía con miedo, no lo podía evitar. No quería perder también a Leopoldo.
En julio, en invierno, en la helada, Leopldo comenzó a traer papeles en los bolsillos. Eran poemas, amarillentos de viejos, y creía reconocerlos. La letra era de Antonio. Minoú preguntaba y preguntaba, y se cansaba de preguntar, al pequeño si había encontrado a alguien, si había hablado con alguien, si alguien le había dado esos papeles. El respondía fríamente que no, desconcertado ante el indisimulable nerviosismo de la madre. Cada día los papeles eran más, parecían multiplicarse junto con las preocupaciones de Minoú. Llegó hasta ir al colegio, pidiendo y rogando entre lágrimas que vigilaran a su hijo, que alguien lo estaba siguiendo, que le ponía poemas y libros en los bolsillos. Por supuesto nadie cedió ante tan ridícula petición.
Cada día los poemas se multiplicaban, con la letra de Antonio. Y sus libros, esos malditos libros, aparecían en los bolsillos y en la mochila del pequeño. Paul Valéry, Faulkner, Dickens, Dostoievsky. Los mismos malditos libros. Minoú se sentía sola, y cansada. También sentía una culpa corrosiva por haber dejado a Antonio, que se expandía por sus venas y sus dedos, que manchaba todo lo que tocaba, los picaportes que giraba, los sillones donde se sentaba.
El primer día de primavera. Minoú se sentó en la vereda a esperar a su hijo, como lo hacía siempre. Jamás volvió. Desesperada corrió a la escuela, pero las maestras simulaban no haberla visto nunca. Ella sabía que simulaban. La habían visto, la habían visto siempre. Ellas decían no tener registro de ningún Leopoldo. Otra vez la habían abandonado.


Minoú Regantée se suicidó una tarde lluviosa de primavera. Sus vecinos la recuerdan como una mujer sola, abandonada por­­­­ todos, hasta por su propia cordura.

lunes, 27 de mayo de 2013

Poema

Quitarle a la historia
su condición de invariable.
Quitarle sus sinrazones,
sus grises tonos corales.
Cambiar a la historia
con manos de sangre
de sudor y de arena
(amarillo asfixiante).
Con asfalto y con lodo
intentar acercarte
las ficticias historias
del país de las artes,
de letras y formas
sonidos y esperas
de ausencias eternas
que maman presencias.
De almas que nunca
conocieron descanso
intentado encontrarnos
un tibio estrado,
con sábanas blancas
y azul-eco pasos.
Nocturnidades absurdas
victorean peleas
derrotando a las fieras
de los días en penas
que muerden las venas
de las femes Dulcineas
que Quijotean al borde
de un río de estrellas
esperando que llegué
una noticia envuelta
en llamas de fuego,
de agua y de cedro
para convertirlas en algas
cuando sea el momento.

martes, 23 de abril de 2013

El destino de Patricio


Lo vi desde la ventana y parecía a simple vista inexplicable: Mateo caminaba por el pueblo haciendo el mismo recorrido -con las mismas calles, la misma hora y el mismo día - que, muchos años atrás, había obsesionado semanalmente a su finado padre. Esta caminata hubiera sido irrelevante si la hubiese visto cualquier otra persona en lugar de mí. Pero yo sabía quién era su padre, el de Mateo, y era nada más ni nada menos que Patricio Baronivsky.
Hombre mágico, si los hubo, Patricio Baronivsky llamó mi atención desde el comienzo. Contaba yo con tan solo diecisiete años cuando su atemorizante belleza me indujo en una timidez petrificante mientras se acercaba a mí,  preguntándome en voz alta por primera (y única) vez mi nombre, en una de las plazas del pueblo. Le contesté “Fernanda” con el restringido aire que quedaba en mi cuerpo, que lo recuerdo frío y doloroso durante esos segundos. Sonrió y, luego de mirar para los costados, salió corriendo detrás de otra muchacha, mucho más bella que yo, por supuesto. Es innecesario decir que quedé ansiosamente enamorada luego de ese encuentro. Lo busqué en los únicos tres colegios que conocía, no lo encontré en ninguno. No me sorprendió, ya que por su aspecto parecía ser mucho más grande que yo, y lo era. Jamás antes lo había visto, y me atemorizaba tanto, hasta el punto de la desesperación, pensar que jamás lo volvería a ver. Era ese miedo a no encontrar jamás que solo sentimos con limitadas personas y objetos. Yo entiendo que esto, a sus ojos de lectores, pueda parecer ridículo, pero no me malentiendan, por favor. Mi enamoramiento no provenía de una manifestación hormonal de adolescente, como antes me había sucedido. No, este enamoramiento y estas ganas de encontrarlo otra vez iban más allá de la pura atracción sexual. Yo quería encontrarlo porque creía, y sabía, que algo necesitaba de él o que, al contrario, algo él necesitaba de mí, y yo estaba dispuesta a dárselo, fuese lo que fuese.
Meses después del primer encuentro (un mes en donde las tristezas y los llantos parecían haberme dado un aspecto más adulto) me lo encontré recorriendo el pueblo. Me reconoció al instante y me invitó a caminar juntos. Le pregunté cómo fue que había logrado reconocerme después de tantos meses, esperando secretamente que el dijera algo como “Jamás podría olvidarme de una mujer tan bella”. No fue así, solo se limito a decir: “En mi memoria convergen todos los datos del Universo, por más insignificante que sean. Mi mente no posee ese encanto que ustedes llaman olvido”.  Hablaba como si no perteneciera a este mundo, pero sus ojos tristes y cansados bastaban para reconocer que, al menos, se había criado en él.
El camino era zigzagueante y, por momentos, hacía parecer mucho más enorme a nuestro pueblo. Pregunté si lo realizaba seguidamente, y me contestó que sólo una vez por semana. Me contó además que intentaba recorrer ese camino lo más asiduamente posible ya que, de una semana a la otra, siempre lo veía diferente. Y dijo algo aún más extraño luego que, si mal no recuerdo, era más o menos así: “Los dioses no saben de espacios. Es decir, nadie me asegura que este camino que yo hago semanalmente sea el mismo camino cada vez. Quién sabe si un día, quizá, encuentre la rasgadura del velo en él. Es decir, esa puerta a una cosmovisión pura, a la vista de un Dios”.
Me dejó en mi casa. Yo esperaba un beso y no me lo dio. Le pregunté si lo volvería a ver, me dijo que sí, que el mundo es harto repetitivo y que estamos destinados a vivir siempre las mismas cosas. Era imposible entonces que otro encuentro no surgiera.
Yo no me avergüenzo al decir que espere ese encuentro por años. Se preguntarán porque no iba a esperarlo en una de las esquinas de su camino cotidiano. Es simple: no podía alterar su camino. El me había explicado que el encuentro tenía que surgir, que una voluntad puesta en un lugar que no se debe puede llegar a ocasionar  catástrofes terribles.
Un día, cuando la resignación ya comenzaba a rozar mi piel, encontré a Patricio caminando. Me dijo esto: “Tantos años pasaron desde nuestra primera caminata. Ese día descubrí que me había enamorado de vos, y que el amor y su concreción rompían el velo de maya y otorgaban a sus participantes la cosmovisión pura. Tristemente, jamás volviste a cruzarte en mi camino. Y yo, ahora, ya estoy muy viejo, y el amor solo le pertenece a los jóvenes”. Luego se fue, mientras el sol iluminaba su escaza cabellera plateada.
Y ahora está Mateo, su hijo, buscando lo que él jamás encontró. Esperemos que lo encuentre, o tal vez el amor sea solo eso: un laberinto. La búsqueda interminable de una visión verdadera del Universo que está destinada al fracaso.

domingo, 21 de abril de 2013

Pasado


La cara de Dios encriptado
Bajo un pilar de monedas
Con fechas de días pasados
(Angustias de piedras y arenas).

Nubes de blanco colérico
Algodonización de las cosas que fueron
Pasado de arpías mamando
Los senos áureos del cielo.

Pocas cosas hay misteriosas
Como aquella navaja de hierro
Que cortó para siempre a las hadas
Atadas del río del tiempo.

La hermana mejor separada
Sin duda es la menor - la odiada
Pasado se llama y llora las causas
De las invariables decisiones -tomadas.                   

Hay algo en pasado que anuncia
Que presente y futuro son tenues
Que nos ríen siempre al perderse
En un mármol que no puede escogerse.

jueves, 14 de marzo de 2013

Amor de institución.


La verdad es que trabajo para una empresa humanista, la cual se encarga de brindarle a personas desgraciadas algo que debería sernos otorgado desde nuestro nacimiento: el amor.
Así es. El buen hombre de mi jefe, por ser tan buen hombre, fue elegido décadas atrás por las musas para que en su cerebro floreciera una idea maravillosa. Esa idea le fue implantada en su adolescencia, cuando, luego de enamorarse y disfrutar de los placenteros frutos del amor, fuera rechazado por la misma persona que una vez le había jurado la eternidad absoluta. ¿Cómo puede ser que una misma mujer o un mismo hombre nos pueda brindar tanto placer y tanto dolor en una misma vida? La iluminación le llegó a mi tan-buen-hombre-jefe cuando se le ocurrió que los males del amor se debían simplemente  a que su naturaleza consistía en que cada una de las personas de este mundo están destinadas a ser correspondidas por otra persona particular y por ninguna más, pero que raramente un enamorado era capaz de encontrarse con ella, con la persona destinada para él y su amor.  
Entonces una institución debía ser creada para encargarse de localizar y administrar de manera eficaz a la persona destinada para cada enamorado. Mi jefe la creó, y yo fui su primer cliente.
Esa es la historia del nacimiento de esta empresa, a la cuál le soy fiel eternamente, dado que también fui yo un afortunado cliente de sus servicios, cuando me fue encontrada la persona con la que estoy felizmente casado hace más de 10 años.
Con gusto explicaré a continuación el procedimiento que utilizamos para la búsqueda de la persona.
En harto simple el sistema entero. Comienza cuando uno entra en la habitación indicada. Allí se encuentra solo frente a una mesa, sobre la cual están apoyados un papel y una birome. Usted escribe un verso. No tiene mucho tiempo para pensarlo, ya que el pensamiento es enemigo de la poesía. Una vez terminado, nos entregará la hoja con el verso y se retirará a su casa, esperando recibir nuestro próximo llamado.
Mientras usted muere de ansias esperando, nosotros cargamos su verso a nuestra base de datos. En ese momento su verso coincidirá con el de otra persona, que será idéntico al suyo desde cada palabra hasta cada punto y cada coma. El autor de ese verso gemelo es la persona destinada para usted. Luego lo llamamos, organizamos un encuentro y, delo por hecho, consiguió un amor para toda la vida.
De esa manera logramos unimos a miles de personas, las cual nos agradecieron en su boda, en el nacimiento de sus hijos, y en el nacimiento de sus nietos.
Ayer llegó a la oficina de la empresa un joven de aspecto taciturno. Pálido, flaco, esquivando la mirada, nos imploró nuestros servicios. Le hicimos escribir el verso, desde luego. Cuando lo leímos supimos que estábamos frente al verso más hermoso que jamás hayamos podido leer en nuestras vidas. Lamentablemente,  jamás coincidió ese verso con ningún otro. El joven, al encontrarnos incapaces de otorgarle  alguna explicación, se enfureció tanto que colgó el teléfono luego de decirnos que su demanda por estafa no tardaría en llegarnos.
Quise creer que el sistema no había fallado, y que el error se debía a que su pareja aún no había nacido o que ya estaba muerta. Quise creerlo realmente, pero no pude.
Cuando llegué a mi casa mi mujer no se encontraba allí. Había dejado una nota. Decía: “Me escapé con otro hombre. Ya no te amo.”

lunes, 4 de marzo de 2013

Evaristo

Los dioses han obsequiado a una pequeña cantidad de personas el don de ser testigos de hechos maravillosos y fantásticos. Lamentablemente, nunca fui perteneciente a ese ínfimo número de privilegiados. Los días de mi vida me encontraron siempre viviendo de manera rutinaria, llegando a favorecer a mi memoria: Nada hay que recordar, pues nada puede ser olvidado en una existencia en la que abundan repeticiones.
Mi aburrimiento permanentemente inspirado y sostenido por todo lo que se atravesara delante de mí vista y de cualquiera de mis otros sentidos derivaba en un constante estado de reflexión melancólica. Llegué hasta creer que nada en el mundo podría asombrarme, ni a mí ni a las generaciones venideras. Nos encontrábamos en un mundo totalmente ya formulado, donde cada cosa tenía ya su símbolo, donde todo estaba ya creado.
El primer Miércoles de Julio -día de la semana totalmente aburrido, ya que no permite ni la relajación del fin de semana, ni la tensión de su inicio- llegó a mi ciudad - y por consiguiente a mi casa- desde Inglaterra, mi primo Evaristo, con quién había compartido la infancia, esa época de la vida en la que el horror y el asombro  convergen amablemente. Apareció en la temprana mañana, tocó fuertemente mi puerta, con la decisión que en el pasado supo diferenciarlo frente a nuestra familia de mí. Lo vi, al abrir, con menos de su rojizo pelo, aunque llevaba aún consigo su robusto e imponente cuerpo de siempre. Con algo de desgano, pero obligado por las responsabilidades que conllevan los vínculos sanguíneos, acepté su solicitud de estadía en mi casa, ya qué mi nobleza no permitía que dejase a un familiar durmiendo bajo los puentes.
Una vez instalado, en la hora del almuerzo, preguntó por mi madre a la cuál él confería un agigantado aprecio. Contesté "muerta". Evaristo reaccionó con una sorpresa algo atristezada, muy esperable ya que mi madre consentía, a mi parecer exageradamente, a su sobrino. Debe haber creído, mi primo, que recordarla sería una cortesía, ya que despachó una ligera antología lacrimosa sobre mi difunta madre. Vacilé en admitir con completa seguridad el hecho de que esas historias fueran enteramente reales, ya que algunas fechas y lugares me parecieron ilógicos e inconexos; por ejemplo, habló sobre un paseo por las calles Alemanas de Munich. Jamás mi madre viajó o estuvo en Alemania. De todas maneras, pensé que quizá era un error de Evaristo o, en el peor de los casos, un hecho ignorado por mí. Como la conversación comenzaba a incomodarme (ya que parecíamos estar hablando de una mujer diferente) intenté cambiar la dirección de la charla. Inquirí sobre la vida de Evaristo con algunas preguntas, el se limitaba a contestarlas vagamente. Logré que me confesara los motivos de su despido en la metalúrgica, la estafa (que el enfatizó en denunciar), las repercusiones en su pueblo y el exilio final. Admito que sus penurias me hubieran conmovido -soy humano después de todo- de haberlas creído. El esfuerzo de mi primo por figurarse víctima, y el conocimiento de su manera vivir, eran razones suficientes para no creer en los motivos por los que el decía encontrarse en mi pueblo. De todas maneras fingí creerle, y le ofrecí que fuera a dormir una siesta, con la excusa de que su viaje me parecía tan largo como para merecer un descanso dentro de una cálida cama. Accedió, y luego del whiskey subió a la habitación que le había preparado.
Yo, mientras Evaristo dormía, me atreví a telefonear a su mujer, sólo para enterarme que ya no lo era más. Mi primo había tenido un amorío con la hija del jefe de la metalúrgica, y había sido descubierto; por lo cuál su mujer lo había echado de la casa, y supuse que luego él decidió también el exilio de su ciudad. Me pregunté porqué mi primo buscaría alojamiento en mi casa, que no visitaba hacía más de una década, y mentiría acerca de su desdicha. Razoné sobre esto poco tiempo, y llegué a la conclusión de que él se horrorizaba de solo pensar en una condenada social o familiar. ¿Que pensaría nuestra entera familia de su affair? La verdad es que nada le importaba a nadie, excepto a él.
Evaristo convivió conmigo, los primeros días, de manera casi imperceptible. Solo lo veía en las comidas, luego de ellas se encerraba en su habitación por largas horas. Varias veces intenté convencerlo de que saliéramos a dar un paseo por el pueblo, que tanto había cambiado, pensaba yo, desde su partida. Cuando finalmente accedió, luego de ver en silencio las edificaciones de últimos tiempos que le mostraba, me contestó con su tono grave y seguro que el pueblo había cambiado tanto como él, quizás hasta menos. "Sabés primo, me dijo, lo que sucede es que en la infancia todo parece estar llamando a ser descubierto y, ha medida que uno crece, nota que mientras más descubre el mundo más se oculta el hombre".
Cumplido un mes de su estadía, mi primo parecía comenzar a comportarse de manera más entusiasmada. Supe que dentro de su habitación se encontraba trabajando en algo que parecía, ahora, estar dándole resultados satisfactorios. Mi curiosidad comenzaba a nacer. Le pregunté si podría acaso ser capaz de confesarme a que se debía su encierro. Me contestó con enojo que no podía contarme, que esperara, que ya lo vería. Confié en que así iba a ser.
La noche siguiente sentí extraños ruidos que provenían de su habitación, ubicada arriba de la mía. La curiosidad le gano a mi respeto, y entré. Evaristo se encontraba hablando con una anciana, que yacía inmóvil y pálida en la cama, mirándolo mientras él le llevaba algo de beber a su boca. Esa anciana, al examinarla por algunos minutos, resultó parecerse a mi madre. Evaristo, cuando me vio parado unos centímetros alejado de la puerta, dio un enorme salto, me empujó de un golpe y cerró la puerta con fuerza y con llave. Yo golpeé y lo llamé con enojo. Fue predeciblemente inútil. Creí estar volviéndome loco, creí que quizá la mujer que había visto no era mi madre; creí y desee creer que no pudo haber sido mi madre.
Al hacerse el día, subí a invitar a Evaristo a desayunar y, además, poder preguntarle sobre lo que mis ojos pudieron llegar a ver en la noche. Nadie contestó a la puerta de su habitación, me arrepentí de haberle conferido la única llave. Forcé el cerrojo y abrí la puerta, pero me encontré con una habitación vacía, con el aspecto de no haber sido usada en años.
Luego de unos días de perplejidad, llamé por segunda vez a la mujer de Evaristo, convencido de que quizá habría intentado volver a su casa. Me contestó, de una manera desesperada entre llantos, que Evaristo había decidido suicidarse. Habían encontrado su cuerpo meses atrás, un día después de mi primer llamado, en un hotel de su ciudad.
Desde ese día recuerdo con nostalgia los tiempos en los que nada era capaz de sorprenderme.

jueves, 14 de febrero de 2013

Las ratas


Este encierro, y la soledad, no logran ser consecuencias tan terribles. Sobre todo entendiendo que ya no escucharé jamás ese pequeño y enloquecedor sonido. Quizás sea necesario explicar que hechos me acontecieron en el último año para que ellos, lo que me tienen aquí, hayan sido capaces de razonar y fundamentar el cercenamiento de mis libertades. Con gusto lo haré, tiempo sobra en este lugar.
El tercer viernes de Julio llegó, además de los pesares del clima invernal-siempre tan incómodos-, una carta en la que el ejército nacional me notificaba sobre la muerte de mi marido en la guerra. ¡Vaya horror el de enterarse que jamás volverá el hombre al que uno ha amado y esperado tanto!
Luego de llorar días y noches enteras, me decidí, y me atreví, a quitar toda su ropa de los armarios, sus libros de la biblioteca, sus cartas de mis cajones. He leído en libros que ahora no recuerdo –en este lugar en imposible recordar nombres o fechas-  que la perpetuación de los objetos materiales de una persona perpetúa también su espíritu. Acosada por esta idea, la del regreso fantasmal de mi marido, quemé todo lo que tenía aún su olor y su nombre, todo lo que le supe alguna vez pertenecido.
La misma noche de ese día empezó mi tormento. Mientras dormía en la habitación más alta de la casa, comencé a escuchar extraños sonidos que parecían venir desde el sótano. Vacilé interminables y agotadores minutos antes de atreverme por fin a encender una vela y bajar. Las escaleras crujían más que nunca, como si la casa hubiera de repente envejecido. A medida que mi cuerpo descendía sobre la casa –de proporciones y espacios enormes, alardeare- el ruido se volvía más intenso y penetrante, como si realmente se escuchara desde lo más profundo de mi espíritu.
Finalmente llegué al sótano. La luz de la vela al iluminar sus paredes despintadas apagó también el sórdido sonido. Ya solo se escuchaban mis pensamientos, turbados por aquel hecho que creía irracional y absurdo.
Yo he sido siempre una mujer culta, entendida en temas científicos y filosóficos. Los libros heredados de mis padres me permitieron investigar sobre fenómenos naturales de toda índole. Esa misma tarde busqué en mis libros sobre acústica, para hallar alguna explicación racional y satisfactoria que despejara de mi mente la misteriosa duda sobre los sonidos escuchados aquella noche.
¡Qué desdicha la de no encontrar una razón suficiente! ¡Qué dolor el de no encontrar en un libro una respuesta!
Llegada la noche, antes de decidir irme a dormir, tome algo de vino para espesar un poco mi sueño. De esa manera creí poder dormir sin escuchar esos ruidos.
No funciono. A la misma hora, los mismos ruidos empecé a escuchar. Eran ratas. Yo había tenido ratas antes y sabía que ese era el sonido que hacían con sus pequeñas patas y con sus pequeños dientes. Pero este era algo diferente, era como si las ratas pesaran mucho más de lo que pesan las normales, porque el sonido parecía realmente muy cercano, aunque yo supiera que procedía del sótano. Se escuchaba desde allí, pero, a la vez, era muy cercano.
Bajé, otra vez, ya infundida en el cansancio y en la curiosidad. Al llegar, la luz de la vela silenció nuevamente todos los sonidos.
Creí enloquecer. Recurrí a un fumigador y a un exorcista, para asegurarme en caso de que sean ratas y en caso de que sea algún espectro. Tal vez el de mi marido.
No funcionó nada. Al otro día escuché el sonido. Y al otro, y al otro, y al otro. Y así por un año entero.
Todas las noches descendía al oscuro sótano en busca del origen de los ruidos, y al alumbrar, solo veía paredes despintadas y sucias, mesas rotas y armas de fuego envejecidas. Nunca una pista de lo que pudiera estar interrumpiendo eternamente mi sueño.
Finalmente, en una acción desesperada de cansancio y hastío, incendié toda la casa. Entera, en un fuego brillante y cálido.
Por eso me trajeron aquí. Creen aún que estoy loca, que los sonidos no existieron. Pero, a decir verdad, cualquiera que preste atención podría escucharlo. Incluso en este lugar.