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martes, 23 de abril de 2013

El destino de Patricio


Lo vi desde la ventana y parecía a simple vista inexplicable: Mateo caminaba por el pueblo haciendo el mismo recorrido -con las mismas calles, la misma hora y el mismo día - que, muchos años atrás, había obsesionado semanalmente a su finado padre. Esta caminata hubiera sido irrelevante si la hubiese visto cualquier otra persona en lugar de mí. Pero yo sabía quién era su padre, el de Mateo, y era nada más ni nada menos que Patricio Baronivsky.
Hombre mágico, si los hubo, Patricio Baronivsky llamó mi atención desde el comienzo. Contaba yo con tan solo diecisiete años cuando su atemorizante belleza me indujo en una timidez petrificante mientras se acercaba a mí,  preguntándome en voz alta por primera (y única) vez mi nombre, en una de las plazas del pueblo. Le contesté “Fernanda” con el restringido aire que quedaba en mi cuerpo, que lo recuerdo frío y doloroso durante esos segundos. Sonrió y, luego de mirar para los costados, salió corriendo detrás de otra muchacha, mucho más bella que yo, por supuesto. Es innecesario decir que quedé ansiosamente enamorada luego de ese encuentro. Lo busqué en los únicos tres colegios que conocía, no lo encontré en ninguno. No me sorprendió, ya que por su aspecto parecía ser mucho más grande que yo, y lo era. Jamás antes lo había visto, y me atemorizaba tanto, hasta el punto de la desesperación, pensar que jamás lo volvería a ver. Era ese miedo a no encontrar jamás que solo sentimos con limitadas personas y objetos. Yo entiendo que esto, a sus ojos de lectores, pueda parecer ridículo, pero no me malentiendan, por favor. Mi enamoramiento no provenía de una manifestación hormonal de adolescente, como antes me había sucedido. No, este enamoramiento y estas ganas de encontrarlo otra vez iban más allá de la pura atracción sexual. Yo quería encontrarlo porque creía, y sabía, que algo necesitaba de él o que, al contrario, algo él necesitaba de mí, y yo estaba dispuesta a dárselo, fuese lo que fuese.
Meses después del primer encuentro (un mes en donde las tristezas y los llantos parecían haberme dado un aspecto más adulto) me lo encontré recorriendo el pueblo. Me reconoció al instante y me invitó a caminar juntos. Le pregunté cómo fue que había logrado reconocerme después de tantos meses, esperando secretamente que el dijera algo como “Jamás podría olvidarme de una mujer tan bella”. No fue así, solo se limito a decir: “En mi memoria convergen todos los datos del Universo, por más insignificante que sean. Mi mente no posee ese encanto que ustedes llaman olvido”.  Hablaba como si no perteneciera a este mundo, pero sus ojos tristes y cansados bastaban para reconocer que, al menos, se había criado en él.
El camino era zigzagueante y, por momentos, hacía parecer mucho más enorme a nuestro pueblo. Pregunté si lo realizaba seguidamente, y me contestó que sólo una vez por semana. Me contó además que intentaba recorrer ese camino lo más asiduamente posible ya que, de una semana a la otra, siempre lo veía diferente. Y dijo algo aún más extraño luego que, si mal no recuerdo, era más o menos así: “Los dioses no saben de espacios. Es decir, nadie me asegura que este camino que yo hago semanalmente sea el mismo camino cada vez. Quién sabe si un día, quizá, encuentre la rasgadura del velo en él. Es decir, esa puerta a una cosmovisión pura, a la vista de un Dios”.
Me dejó en mi casa. Yo esperaba un beso y no me lo dio. Le pregunté si lo volvería a ver, me dijo que sí, que el mundo es harto repetitivo y que estamos destinados a vivir siempre las mismas cosas. Era imposible entonces que otro encuentro no surgiera.
Yo no me avergüenzo al decir que espere ese encuentro por años. Se preguntarán porque no iba a esperarlo en una de las esquinas de su camino cotidiano. Es simple: no podía alterar su camino. El me había explicado que el encuentro tenía que surgir, que una voluntad puesta en un lugar que no se debe puede llegar a ocasionar  catástrofes terribles.
Un día, cuando la resignación ya comenzaba a rozar mi piel, encontré a Patricio caminando. Me dijo esto: “Tantos años pasaron desde nuestra primera caminata. Ese día descubrí que me había enamorado de vos, y que el amor y su concreción rompían el velo de maya y otorgaban a sus participantes la cosmovisión pura. Tristemente, jamás volviste a cruzarte en mi camino. Y yo, ahora, ya estoy muy viejo, y el amor solo le pertenece a los jóvenes”. Luego se fue, mientras el sol iluminaba su escaza cabellera plateada.
Y ahora está Mateo, su hijo, buscando lo que él jamás encontró. Esperemos que lo encuentre, o tal vez el amor sea solo eso: un laberinto. La búsqueda interminable de una visión verdadera del Universo que está destinada al fracaso.

domingo, 21 de abril de 2013

Pasado


La cara de Dios encriptado
Bajo un pilar de monedas
Con fechas de días pasados
(Angustias de piedras y arenas).

Nubes de blanco colérico
Algodonización de las cosas que fueron
Pasado de arpías mamando
Los senos áureos del cielo.

Pocas cosas hay misteriosas
Como aquella navaja de hierro
Que cortó para siempre a las hadas
Atadas del río del tiempo.

La hermana mejor separada
Sin duda es la menor - la odiada
Pasado se llama y llora las causas
De las invariables decisiones -tomadas.                   

Hay algo en pasado que anuncia
Que presente y futuro son tenues
Que nos ríen siempre al perderse
En un mármol que no puede escogerse.

jueves, 14 de marzo de 2013

Amor de institución.


La verdad es que trabajo para una empresa humanista, la cual se encarga de brindarle a personas desgraciadas algo que debería sernos otorgado desde nuestro nacimiento: el amor.
Así es. El buen hombre de mi jefe, por ser tan buen hombre, fue elegido décadas atrás por las musas para que en su cerebro floreciera una idea maravillosa. Esa idea le fue implantada en su adolescencia, cuando, luego de enamorarse y disfrutar de los placenteros frutos del amor, fuera rechazado por la misma persona que una vez le había jurado la eternidad absoluta. ¿Cómo puede ser que una misma mujer o un mismo hombre nos pueda brindar tanto placer y tanto dolor en una misma vida? La iluminación le llegó a mi tan-buen-hombre-jefe cuando se le ocurrió que los males del amor se debían simplemente  a que su naturaleza consistía en que cada una de las personas de este mundo están destinadas a ser correspondidas por otra persona particular y por ninguna más, pero que raramente un enamorado era capaz de encontrarse con ella, con la persona destinada para él y su amor.  
Entonces una institución debía ser creada para encargarse de localizar y administrar de manera eficaz a la persona destinada para cada enamorado. Mi jefe la creó, y yo fui su primer cliente.
Esa es la historia del nacimiento de esta empresa, a la cuál le soy fiel eternamente, dado que también fui yo un afortunado cliente de sus servicios, cuando me fue encontrada la persona con la que estoy felizmente casado hace más de 10 años.
Con gusto explicaré a continuación el procedimiento que utilizamos para la búsqueda de la persona.
En harto simple el sistema entero. Comienza cuando uno entra en la habitación indicada. Allí se encuentra solo frente a una mesa, sobre la cual están apoyados un papel y una birome. Usted escribe un verso. No tiene mucho tiempo para pensarlo, ya que el pensamiento es enemigo de la poesía. Una vez terminado, nos entregará la hoja con el verso y se retirará a su casa, esperando recibir nuestro próximo llamado.
Mientras usted muere de ansias esperando, nosotros cargamos su verso a nuestra base de datos. En ese momento su verso coincidirá con el de otra persona, que será idéntico al suyo desde cada palabra hasta cada punto y cada coma. El autor de ese verso gemelo es la persona destinada para usted. Luego lo llamamos, organizamos un encuentro y, delo por hecho, consiguió un amor para toda la vida.
De esa manera logramos unimos a miles de personas, las cual nos agradecieron en su boda, en el nacimiento de sus hijos, y en el nacimiento de sus nietos.
Ayer llegó a la oficina de la empresa un joven de aspecto taciturno. Pálido, flaco, esquivando la mirada, nos imploró nuestros servicios. Le hicimos escribir el verso, desde luego. Cuando lo leímos supimos que estábamos frente al verso más hermoso que jamás hayamos podido leer en nuestras vidas. Lamentablemente,  jamás coincidió ese verso con ningún otro. El joven, al encontrarnos incapaces de otorgarle  alguna explicación, se enfureció tanto que colgó el teléfono luego de decirnos que su demanda por estafa no tardaría en llegarnos.
Quise creer que el sistema no había fallado, y que el error se debía a que su pareja aún no había nacido o que ya estaba muerta. Quise creerlo realmente, pero no pude.
Cuando llegué a mi casa mi mujer no se encontraba allí. Había dejado una nota. Decía: “Me escapé con otro hombre. Ya no te amo.”

lunes, 4 de marzo de 2013

Evaristo

Los dioses han obsequiado a una pequeña cantidad de personas el don de ser testigos de hechos maravillosos y fantásticos. Lamentablemente, nunca fui perteneciente a ese ínfimo número de privilegiados. Los días de mi vida me encontraron siempre viviendo de manera rutinaria, llegando a favorecer a mi memoria: Nada hay que recordar, pues nada puede ser olvidado en una existencia en la que abundan repeticiones.
Mi aburrimiento permanentemente inspirado y sostenido por todo lo que se atravesara delante de mí vista y de cualquiera de mis otros sentidos derivaba en un constante estado de reflexión melancólica. Llegué hasta creer que nada en el mundo podría asombrarme, ni a mí ni a las generaciones venideras. Nos encontrábamos en un mundo totalmente ya formulado, donde cada cosa tenía ya su símbolo, donde todo estaba ya creado.
El primer Miércoles de Julio -día de la semana totalmente aburrido, ya que no permite ni la relajación del fin de semana, ni la tensión de su inicio- llegó a mi ciudad - y por consiguiente a mi casa- desde Inglaterra, mi primo Evaristo, con quién había compartido la infancia, esa época de la vida en la que el horror y el asombro  convergen amablemente. Apareció en la temprana mañana, tocó fuertemente mi puerta, con la decisión que en el pasado supo diferenciarlo frente a nuestra familia de mí. Lo vi, al abrir, con menos de su rojizo pelo, aunque llevaba aún consigo su robusto e imponente cuerpo de siempre. Con algo de desgano, pero obligado por las responsabilidades que conllevan los vínculos sanguíneos, acepté su solicitud de estadía en mi casa, ya qué mi nobleza no permitía que dejase a un familiar durmiendo bajo los puentes.
Una vez instalado, en la hora del almuerzo, preguntó por mi madre a la cuál él confería un agigantado aprecio. Contesté "muerta". Evaristo reaccionó con una sorpresa algo atristezada, muy esperable ya que mi madre consentía, a mi parecer exageradamente, a su sobrino. Debe haber creído, mi primo, que recordarla sería una cortesía, ya que despachó una ligera antología lacrimosa sobre mi difunta madre. Vacilé en admitir con completa seguridad el hecho de que esas historias fueran enteramente reales, ya que algunas fechas y lugares me parecieron ilógicos e inconexos; por ejemplo, habló sobre un paseo por las calles Alemanas de Munich. Jamás mi madre viajó o estuvo en Alemania. De todas maneras, pensé que quizá era un error de Evaristo o, en el peor de los casos, un hecho ignorado por mí. Como la conversación comenzaba a incomodarme (ya que parecíamos estar hablando de una mujer diferente) intenté cambiar la dirección de la charla. Inquirí sobre la vida de Evaristo con algunas preguntas, el se limitaba a contestarlas vagamente. Logré que me confesara los motivos de su despido en la metalúrgica, la estafa (que el enfatizó en denunciar), las repercusiones en su pueblo y el exilio final. Admito que sus penurias me hubieran conmovido -soy humano después de todo- de haberlas creído. El esfuerzo de mi primo por figurarse víctima, y el conocimiento de su manera vivir, eran razones suficientes para no creer en los motivos por los que el decía encontrarse en mi pueblo. De todas maneras fingí creerle, y le ofrecí que fuera a dormir una siesta, con la excusa de que su viaje me parecía tan largo como para merecer un descanso dentro de una cálida cama. Accedió, y luego del whiskey subió a la habitación que le había preparado.
Yo, mientras Evaristo dormía, me atreví a telefonear a su mujer, sólo para enterarme que ya no lo era más. Mi primo había tenido un amorío con la hija del jefe de la metalúrgica, y había sido descubierto; por lo cuál su mujer lo había echado de la casa, y supuse que luego él decidió también el exilio de su ciudad. Me pregunté porqué mi primo buscaría alojamiento en mi casa, que no visitaba hacía más de una década, y mentiría acerca de su desdicha. Razoné sobre esto poco tiempo, y llegué a la conclusión de que él se horrorizaba de solo pensar en una condenada social o familiar. ¿Que pensaría nuestra entera familia de su affair? La verdad es que nada le importaba a nadie, excepto a él.
Evaristo convivió conmigo, los primeros días, de manera casi imperceptible. Solo lo veía en las comidas, luego de ellas se encerraba en su habitación por largas horas. Varias veces intenté convencerlo de que saliéramos a dar un paseo por el pueblo, que tanto había cambiado, pensaba yo, desde su partida. Cuando finalmente accedió, luego de ver en silencio las edificaciones de últimos tiempos que le mostraba, me contestó con su tono grave y seguro que el pueblo había cambiado tanto como él, quizás hasta menos. "Sabés primo, me dijo, lo que sucede es que en la infancia todo parece estar llamando a ser descubierto y, ha medida que uno crece, nota que mientras más descubre el mundo más se oculta el hombre".
Cumplido un mes de su estadía, mi primo parecía comenzar a comportarse de manera más entusiasmada. Supe que dentro de su habitación se encontraba trabajando en algo que parecía, ahora, estar dándole resultados satisfactorios. Mi curiosidad comenzaba a nacer. Le pregunté si podría acaso ser capaz de confesarme a que se debía su encierro. Me contestó con enojo que no podía contarme, que esperara, que ya lo vería. Confié en que así iba a ser.
La noche siguiente sentí extraños ruidos que provenían de su habitación, ubicada arriba de la mía. La curiosidad le gano a mi respeto, y entré. Evaristo se encontraba hablando con una anciana, que yacía inmóvil y pálida en la cama, mirándolo mientras él le llevaba algo de beber a su boca. Esa anciana, al examinarla por algunos minutos, resultó parecerse a mi madre. Evaristo, cuando me vio parado unos centímetros alejado de la puerta, dio un enorme salto, me empujó de un golpe y cerró la puerta con fuerza y con llave. Yo golpeé y lo llamé con enojo. Fue predeciblemente inútil. Creí estar volviéndome loco, creí que quizá la mujer que había visto no era mi madre; creí y desee creer que no pudo haber sido mi madre.
Al hacerse el día, subí a invitar a Evaristo a desayunar y, además, poder preguntarle sobre lo que mis ojos pudieron llegar a ver en la noche. Nadie contestó a la puerta de su habitación, me arrepentí de haberle conferido la única llave. Forcé el cerrojo y abrí la puerta, pero me encontré con una habitación vacía, con el aspecto de no haber sido usada en años.
Luego de unos días de perplejidad, llamé por segunda vez a la mujer de Evaristo, convencido de que quizá habría intentado volver a su casa. Me contestó, de una manera desesperada entre llantos, que Evaristo había decidido suicidarse. Habían encontrado su cuerpo meses atrás, un día después de mi primer llamado, en un hotel de su ciudad.
Desde ese día recuerdo con nostalgia los tiempos en los que nada era capaz de sorprenderme.

jueves, 14 de febrero de 2013

Las ratas


Este encierro, y la soledad, no logran ser consecuencias tan terribles. Sobre todo entendiendo que ya no escucharé jamás ese pequeño y enloquecedor sonido. Quizás sea necesario explicar que hechos me acontecieron en el último año para que ellos, lo que me tienen aquí, hayan sido capaces de razonar y fundamentar el cercenamiento de mis libertades. Con gusto lo haré, tiempo sobra en este lugar.
El tercer viernes de Julio llegó, además de los pesares del clima invernal-siempre tan incómodos-, una carta en la que el ejército nacional me notificaba sobre la muerte de mi marido en la guerra. ¡Vaya horror el de enterarse que jamás volverá el hombre al que uno ha amado y esperado tanto!
Luego de llorar días y noches enteras, me decidí, y me atreví, a quitar toda su ropa de los armarios, sus libros de la biblioteca, sus cartas de mis cajones. He leído en libros que ahora no recuerdo –en este lugar en imposible recordar nombres o fechas-  que la perpetuación de los objetos materiales de una persona perpetúa también su espíritu. Acosada por esta idea, la del regreso fantasmal de mi marido, quemé todo lo que tenía aún su olor y su nombre, todo lo que le supe alguna vez pertenecido.
La misma noche de ese día empezó mi tormento. Mientras dormía en la habitación más alta de la casa, comencé a escuchar extraños sonidos que parecían venir desde el sótano. Vacilé interminables y agotadores minutos antes de atreverme por fin a encender una vela y bajar. Las escaleras crujían más que nunca, como si la casa hubiera de repente envejecido. A medida que mi cuerpo descendía sobre la casa –de proporciones y espacios enormes, alardeare- el ruido se volvía más intenso y penetrante, como si realmente se escuchara desde lo más profundo de mi espíritu.
Finalmente llegué al sótano. La luz de la vela al iluminar sus paredes despintadas apagó también el sórdido sonido. Ya solo se escuchaban mis pensamientos, turbados por aquel hecho que creía irracional y absurdo.
Yo he sido siempre una mujer culta, entendida en temas científicos y filosóficos. Los libros heredados de mis padres me permitieron investigar sobre fenómenos naturales de toda índole. Esa misma tarde busqué en mis libros sobre acústica, para hallar alguna explicación racional y satisfactoria que despejara de mi mente la misteriosa duda sobre los sonidos escuchados aquella noche.
¡Qué desdicha la de no encontrar una razón suficiente! ¡Qué dolor el de no encontrar en un libro una respuesta!
Llegada la noche, antes de decidir irme a dormir, tome algo de vino para espesar un poco mi sueño. De esa manera creí poder dormir sin escuchar esos ruidos.
No funciono. A la misma hora, los mismos ruidos empecé a escuchar. Eran ratas. Yo había tenido ratas antes y sabía que ese era el sonido que hacían con sus pequeñas patas y con sus pequeños dientes. Pero este era algo diferente, era como si las ratas pesaran mucho más de lo que pesan las normales, porque el sonido parecía realmente muy cercano, aunque yo supiera que procedía del sótano. Se escuchaba desde allí, pero, a la vez, era muy cercano.
Bajé, otra vez, ya infundida en el cansancio y en la curiosidad. Al llegar, la luz de la vela silenció nuevamente todos los sonidos.
Creí enloquecer. Recurrí a un fumigador y a un exorcista, para asegurarme en caso de que sean ratas y en caso de que sea algún espectro. Tal vez el de mi marido.
No funcionó nada. Al otro día escuché el sonido. Y al otro, y al otro, y al otro. Y así por un año entero.
Todas las noches descendía al oscuro sótano en busca del origen de los ruidos, y al alumbrar, solo veía paredes despintadas y sucias, mesas rotas y armas de fuego envejecidas. Nunca una pista de lo que pudiera estar interrumpiendo eternamente mi sueño.
Finalmente, en una acción desesperada de cansancio y hastío, incendié toda la casa. Entera, en un fuego brillante y cálido.
Por eso me trajeron aquí. Creen aún que estoy loca, que los sonidos no existieron. Pero, a decir verdad, cualquiera que preste atención podría escucharlo. Incluso en este lugar.

viernes, 1 de febrero de 2013

¡Bienvenidos!

Toda autorreferencialidad es, en cierto modo, un narcisismo. La construcción de nuestro "yo" mediante un tipo de relato cuasi-histórico de nuestras experiencias deviene en que deseemos explicitar al mundo aspectos de nuestra personalidad, de nuestro estilo de vida, de nuestros logros y fracasos para así poder vender a la sociedad una imagen de lo que somos o de lo que, al menos, creemos ser. Porque si el sistema de poder y pensamiento que domina nuestra sociedad actual -el sistema capitalista, claro está- tuviera que elegir un logro de los tantos que tuvo, no me cabe duda de que elegiría para su satisfacción el logro de haber hecho de los sujetos (hombres y mujeres cualesquiera que sean, esos que vemos todos los días en las calles) un objeto de mercancía. Por eso el narcisismo es una enfermedad capitalista: porque es la construcción casi obsesiva de un yo-para-los-otros que puede ser vendido y comprado por quien lo vea. Porque quienes lo padecen se preocupan en querer ser consumidos. En que sus semejantes lo elijan y lo disfruten todo el tiempo como objeto de consumo.
Me pareció menester aclarar esto al iniciar mi nuevo blog. Este espacio virtual no va a estar dedicado a mi en el sentido de yo-como-mi-vida, o de yo-como-lo-que-me-acontece. Solo estará dedicado a ese otro mundo, más propio aún, del que tenemos en situación: A nuestro mundo de pensamiento. 
Espero haber adquirido, mediante la práctica, un estilo de escritura y razonamiento que pueda hacer que ustedes, lectores, disfruten de lo leído y, de no ser así, al menos durante la construcción de este blog poder encontrar ese estilo. Espero que con su ayuda pueda hacer de este un espacio de refugio para la filosofía, el arte y, por sobre todo, para ese placer complejo y que, sin embargo, poseemos en potencia todos ("tan bien repartido" decía Descartes): el pensamiento.
Intentaré escribir lo más cuantitativa y cualitativamente posible.

Saludos.
Un escritor.