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martes, 5 de agosto de 2014

LA VOZ

No supe cuánto me gustaba la voz de las mujeres hasta que oí esa voz. No entendí, hasta ese momento, todo lo que la voz femenina significa en la vida de un hombre. Ahora disfruto, como perverso, los matices y colores de las voces de las señoras mayores que dialogan en la calle; las de las chicas que caminan chusmeando sus secretos amores; la de mi mamá cuando me despierta a la mañana. Incluso la de nuestra presidenta en sus conferencias de prensa. Había vencido, por fin, la tiranía de la imagen.
Tengo que decir, porque es verdad, que aquello que me trastornó no lo hizo primero como una voz, sino como un texto.
Un ruido preestablecido –elegido por mí- y una lucecita violeta, frenéticamente bailarina, anunció la llegada del mensaje. Lo abrí, con la desidia de quien creé que se va a reencontrar con la promoción de un automóvil o de un paquete de llamadas ilimitadas.
“Hola.”
Sólo eso decía el mensaje, que llegaba desde un número que no conocía, y que no transcribiré para no importunar a nadie. Para no importunar, incluso, su memoria.
Contesté, rápidamente. Lo primero que quise saber fue quien era. Supe que era mujer, por su manera de escribir.
Me contestaba con vueltas, tantas que en algún momento pensé que estaba equivocada de número. Le escribí mi nombre y la inicial de mi apellido –no me atreví a escribirlo completo- para que supiera que en realidad no era yo la persona a la cual que quería acosar.
Ya sé quien sos, tontito” me contestó. Me dejó helado. Opté por mi arma secreta, mi arma mortal: el recién surgente histeriquismo masculino
Bueno, a mi me aburre no saber quien sos. Así que hasta que no me lo digas no te voy a contestar”.
La respuesta que recibí me excitó, porque pensé que no podría existir sintaxis más femenina que esa: “te llamo, si queres, así no te enojas”.
Acepté la llamada de esa desconocida a las dos de la madrugada. Me dormí esperando su llamado, que ocurrió a las diez de la mañana, mientras yo caminaba hasta la oficina, pensando en lo irreal de la situación de la noche anterior, esa irrealidad que deben sentir las madres pariendo, observando como una criatura sale de su cuerpo, ensangrentada y berreando.
El sol comenzaba a calentar lo poco que puede calentar un sol en invierno.
Recuerdo que me vibró el celular en el bolsillo, me quité los auriculares blancos y atendí. El frío de la pantalla en la oreja me dio un escalofrío.
-¿Hola?- dije sin poder disimular mi entusiasmo.
Lo que escuché es algo que no voy a escribir. No lo voy a escribir porque no se puede escribir. Porque hay palabras, mejor dicho, porque hay frases que solo tienen sentido en su sonoridad. La voz de esa mujer es inenarrable. Solo puedo decir que yo, aficionado a la música, no había escuchado música mejor hasta ese momento. Hasta oír esa voz, que susurraba desde un lugar desconocido; una voz sin nombre, sin edad, sin tiempo ni espacio concebible. Una voz que solo era música, que buscaba agradar sin condescender. Que parecía masticar las sílabas como un chicle. Un movimiento de lengua, el abrir y cerrar de los labios, el golpe de la saliva sobre el micrófono del teléfono. La vibración de las cuerdas de un cuello seguramente hermoso. La gravedad de una voz atemorizada por algo, pero tranquila. Tranquila como la persona que sabe que se va a morir, pero que no le importa.
No sé lo que me dijo, pero sé que me gustó y me perturbó al mismo tiempo.
De pronto, cortó. Pasé los treinta minutos posteriores a esa conversación intentando llamarla. Otros treinta, pensando en su voz. Otros treinta, conjeturando razones por las cuales pudiera haberme cortado. Todas me parecían fatales y siniestras.
No recuerdo haber dicho nada en esa conversación. Solo algún balbuceo y uno que otro monosílabo. Lamento no haberlo hecho, me puteo mil veces por no haberlo hecho, ya que fue la única vez que escuché su voz.
Los mensajes siguieron por un tiempo. Me dijo que me conocía, de vista, pero que me conocía. Que yo le gustaba y que quería conocerme. Acepté, como si no tuviera ya dignidad.
La plaza en la que nos íbamos a encontrar me aniñaba. Sentía que volvía a tener catorce años, entre tantos juegos de niños y tantos recuerdos de adolescente con mis primeras noviecitas. Pensé, igual, que estaba bien el lugar, que no podría haber elegido lugar mejor. Los árboles, plantados en los contornos de la plaza, la envolvían de un verde que, aún en invierno, parecía vivaz. El cielo, como un círculo cerrado sobre mi cabeza, estaba más celeste que nunca. Ni una sola nube anunciando su presencia. Los mismos árboles dibujaban en la tierra sombras que, durante algún tiempo de mi infancia, me habían servido para imaginar las más diversas historias.
Me senté en un banco de piedra, frío como la nieve. Prendí un cigarrillo para que el tiempo pasara más rápido, para que los minutos que me alejaban de aquella hermosa voz se acortaran. No funcionó, el humo celeste del cigarro, casi fantasmagórico, dilataba más el tiempo.
Cuando oscureció volví a casa, vencido por la vergüenza y el enojo. Traté, mientras caminaba, de consolarme con la idea de que quizás era mejor no verla. La idea solo me convenció hasta llegar a casa. Ni bien me acosté en mi casa la llamé. Una voz espectral, mecánica, me habló: “El número solicitado se encuentra fuera de servicio”.
No creo que exista, en este mundo, algo más difícil de escuchar.

viernes, 1 de agosto de 2014

ROPA VIEJA


A Verónica la conocemos como la Vero. Nunca supe su nombre de nacimiento que, por supuesto, no era ni Verónica ni el apócope “Vero”. Una vez mi viejo me dijo que antes, allá en la infancia, la llamaban Pedro; otro amigo me dijo que le habían puesto “Carlos”, en homenaje a uno de sus tíos, un carnicero que luego fue preso por pirata del asfalto. No creo que tenga importancia, igual, ya que nadie la llama ahora con otro nombre que no sea el que todos conocemos.
Vero es pelirroja y viaja en moto; un ciclomotor pequeño y con la pintura verde gastada. Los rulos vuelan al viento como la capa de uno de esos superhéroes de Marvel. Su espalda ancha ha cargado –lo sé porque lo he visto- garrafas de las más grandes. Tiene una nariz grande que apunta para abajo, formando una medialuna con su mentón sobresaliente.
Nadie se burla ya de ella. Se ganó, con esfuerzo, una identidad en el pueblo.
Cuando Karina me contó lo que hacía la Vero me dio un poco de gracia. No sentí la indignación que ella esperaba que sintiera.
La cuestión es que esta mujer se ganaba la vida haciendo línea. Supongo que, entre otras cosas, se ganaba la vida haciendo línea. Karina, Kari como le decimos en la oficina, me lo contó. Yo, ignorante como soy, no entendí de qué me estaba hablando.
-Ay, Diego. ¡Hacer línea! ¿No sabes lo que es eso?
No. No sabía. Soy un tipo al que lo catalogan con “poca calle”. La verdad es que nunca entendí quién tiene calle, o por qué la tiene.
-Un poco más de viveza –prosiguió Kari- por favor. Hacer línea es cuando yo, por ejemplo, cruzo el tapial de tu casa, de noche, y te robo la ropa que tenés colgada, secándose, y luego la vendo. Robaban en pocas cantidades, claro, para que uno no se diera cuenta. Un corpiño, un par de medias, una chabomba, una remera, un saquito. Es un trabajo de locos, en verdad.
La imagen me dio risa. Me imaginé a aquella mujer pelirroja, de espalda ancha, alta como ninguna otra, trepándose a tapiales y saltando alambrados. Me la imaginé con una bombacha en la mano, corriendo, apresurada por los ladridos de algún que otro perro.
-¿Pero qué? ¿Iba sola? –pregunté.
-No, no. Mirá, siempre la acompañaba Gerardo, el marido. O el novio, porque en realidad Vero nunca se casó, vos viste. No se puede casar; incluso si pudiera gastaría una fortuna en el vestido, con ese cuerpo.
La imagen era más graciosa aún, con ese flaco nervioso de Gerardo, peinado para atrás, con las sienes completamente rapadas. Me lo imaginaba haciendo de campana en un patio oscuro, pisando mierda de perro y puteando por haberse manchado los borceguíes nuevos. Su mujer chistándolo, diciéndole que se callara, que era un inútil y que no servía ni para espiar.
-Eso sí –dijo Kari mientras se levantaba para cambiarle la yerba al mate, volcando toda la yerba mojada en el tachito de basura- una vez que tenían la ropa, la tenían que ir a vender a Salto o a Pergamino. No vaya a ser cosa que uno le comprara su propia ropa a esta turra.
Se río, mientras yo terminaba el paquete de bizcochitos “Don Satur” que habían dejado del día anterior.
Pensé que si comprara mi ropa no sabría reconocerla como propia. ¿Quedaría algún olor, alguna mancha que sirviera como símbolo de identidad? El mundo está tan globalizado que hasta nuestras ropas se parecen en su heterogeneidad. No necesitan ser uniformes para ser uni-formes.
Como adivinándome el pensamiento, Kari me contó que una vez alguien la descubrió. La vieja Teresa, dueña del almacén de la avenida Carrión, estaba de visita en Pergamino, donde vivían sus primas, y ellas la llevaron a un lugar donde se vendía ropa a un precio de locos. Teresa fue, encantada con la idea de ahorrarse en la ropa lo que había gastado en el viaje.
La feria estaba lejos del centro, en un barrio periférico y más aburrido que sórdido. Las carpas formaban un semicírculo, por el que desfilaba gente de todas las clases sociales. El culto a lo barato y al ahorro, en este país, es universal. La feria parecía patrocinada por alguna secretaría de la Municipalidad de Pergamino, le había dicho Teresa a Kari, argumentando que había visto dos o tres carteles con el logo característico.
Hizo un breve recorrido por el lugar. La ropa era inclasificable. Toda taxonomía era truncada por su variedad de colores, de telas, de diseños, de talles. Las caras que allí se veían, lo mismo. Teresa estaba contenta. Cuando llegó a la carpa de la Vero y su novio, y otra mujer que no supo reconocer y que tenía ojos claros como vidrio, vio una prenda que lucía, en el lugar del corazón, una mancha rosa clara. Esa mancha, en esa prenda, disparó su memoria.
Teresa, meses atrás, había ido al solidario bailable, y un borracho que danzaba desaforadamente levantando y agitando un vaso de plástico con vino al ritmo de una cumbia, la molestaba. En un momento, algunas gotas de vino cayeron sobre su vestido celeste (celeste patria, decía ella), dejándole una mancha como la que en ese momento estaba viendo.
No existe, en este mundo, tanta coincidencia.
 La pelea fue difícil. Teresa le gritó barbaridades a Verónica, hasta que ésta se hartó y le revoleó el vestido, que Teresa no supo atajar y que cayó en el pasto seco del predio.
-Yo me cagó en el vestido, pero vos sos una chorra. Y nosotros que pensábamos que habían sido los perros de Tito, hija de puta.
Vero no contestó. Por decencia, por corrección, por vergüenza, Teresa desistió de la pelea. Era inútil, además. Se fue enfurecida con sus primas, que no le creyeron la historia.
-Vos sabés, Diego, que desde ese día no faltó una prenda más en la línea de nadie- me dijo Kari, mientras me pasaba un mate recién ensillado pero frío.



jueves, 10 de julio de 2014

El trabajo

Eduardo subió con esfuerzo la última bolsa -cubierta de un polvillo amarillo y molesto- al camión, que ya estaba en marcha. Se secó la frente transpirada, con la manga del buso, sintiendo, al tiempo que lo hacía, esa satisfacción que lo asaltaba durante el crepúsculo, aquel momento en que el trabajo estaba terminado y ya presentía el sabor del mate amargo, cebado por marta, al recibirlo. Creía que eso era el amor: un mate bien cebado en el declinar de las horas.
Subió al camión, en el que esperaba comiendo algunos bizcochos, Carlitos. Todo un ropero humano, el viejo Carlitos.
-Trescientas bolsas en una tarde. Todo un logro, eh, Carlitos- le dijo Eduardo al subir de un salto, mientras cerraba con un golpazo la puerta, pesada, del vehículo.
Carlitos no contestó. Se limitó a responder con un tímido movimiento de cabeza. Era de poco hablar, prendía la radio y parecía contestar con las diferentes letras de esas cumbias y chacareras.
El camión arracó. Se balanceaba de un lado a otro, por la irregularidad del camino.
Una distracción –minúsculo descuido en la eternidad estéril del tiempo- hizo que todo el trabajo de una tarde se corrompiera.
Carlitos no vio un pozo, bastante grande, bastante visible.  Cuando lo pisaron, el movimiento seco, hizo que las bolsas de harina, recientemente acomodadas por Eduardo, cayeran como el llanto de un nene ante un golpe de rodilla.
Desparramándose, la harina cubrió la calle, como si fuera la nieve que nunca cayó en el pueblo.

Eduardo bajó del camión y caminó, con pasos cortos y frenéticos, hasta su casa. Olvidándose, por el pequeño lapso que le llevó recorrer ese trayecto, del trabajo. 

viernes, 27 de junio de 2014

Esbozo de un pequeño aroma a recuerdo

Te cuelga del pelo, el recuerdo de una tarde a la que me apresuré con adjudicarle el olvido. Tenes en la piel los fantasmas de un patio y de un verano que pertenecieron a otro. (A quién no escribe). Tenes, sin saber por qué, quizás hasta no teniendo, los colores del crepúsculo, el dolor de los cardos en las plantas de los pies. Te cuelga del cuello, un verano de antes de esos en que nadie hablaba de política, ni de religión, ni de letras. Te arranca la sonrisa y tal vez sea la hora, el color de una pared lejana y pobre de un barrio de Areco. Ya se, por vos, noche, que el recuerdo no es un relato de la memoria sino que es un compendio de fantasmagóricas imágenes colándose por nuestros poros por todos nuestros orificios mientras yacemos al calor de una cama.

Oda a la cotidianidad

¿De qué colores veremos
los conventillos en el cielo?
No sería el paraíso sin el ruido
de eclécticos peatones 
masticando un choripan. 
O sin el dulce olor del vino
tinto que viaja 
en los colectivos vespertinos.
Mañana el sol seguro
-seguro como un pibe que
se juega la vida
por un televisor,
y algo más-
bañará todas las esquinas
de todas las pancitas amargas.
¿Y qué podemos hacer?
Nada.
Ni escribir, ni rezar.
Ni cantar con las hinchadas
los cantitos de insultos
habituales en partidos
que ya no nos distraen.
Que angostos resultan ser
los pasillos que llevan a la muerte
o al miedo.

Calle, hora, barrio,

Salgo a la calle y un tipo
golpea la puerta de mi atención
"¿Una moneda, amigo?" pregunta
con una mecanización hija
de haberlo preguntando ya tantas veces
que da lo mismo que sea yo
al que ahora se lo pregunta. 
Creo que lo conozco, lo vi antes.
Tienen los rasgos del hambre
del rencor y del frío.
(Y una bufanda le abraza la nuez,
del Adán padre).
No le sirve el cielo, ya
Al pordiosero que pide comer
A gente que no conoce ni sabe
Que esa misma noche lo verán
En la vigilia del sueño
Con el rostro del Hombre.
El peso con cincuenta ya estaba
en su mano cuando me despedí
sabiéndolo tan propio como mi sangre.

domingo, 20 de abril de 2014

BARRO

Camila se recostó sobre lo que parecía -vista a la luz pálida de la luna- una piedra grisácea de forma rectangular. Sintió, cuando su cuerpo tocó por primera vez la rugosa superficie, un frío recorrer su espalda, acabando como un ligero espasmo en la zona de la nuca. Junto con ese estremecimiento un deseo súbito la asaltó: quería ver a Franco. Verlo doblar la esquina de la callecita de tierra, en la que, justo ahora, dos perros se corrían, circularmente, debatiéndose un pedazo de carne que habían tirado, para divertirse, un grupo de comensales que, mirándolos, se reían sentados afuera de uno de los bares de la costanera, el más iluminado.
Una voluptuosidad de un azul algo más claro que el cielo se acercaba desde el horizonte sur, anunciando lo que sería, sin dudas, la primera lluvia de otoño. Camila las miró por un momento, pensando en que, si se largara a llover, el regreso a casa se complicaría muchísimo, ya que la calle se embarraría toda y, por ser sus viejas zapatillas de gamuza el único vehículo del que disponía, se ensuciaría, cayéndose, suponía, más de una vez.
Intentaba hacer fuerza para que no lloviera, como quién hace fuerza para no hacerse pis encima. Sentía, en lo íntimo de su inocencia, que ciertas cosas dependían de la voluntad; que ciertas redes espirituales unían al Universo con ese otro universo, no menos amplio y complejo, de nuestro interior. Por supuesto estas ideas a Franco le generaban unas incontenibles ganas de ejercer, en cualquier lugar en el que estuvieran, su exquisita capacidad para la burla. Algunas escenas las tenía olvidadas, pero otras, en cambio, y más en momentos como este, permanecían grabadas en su memoria, y salían, galopando, cada vez que volcaba un vaso con agua o tropezaba con alguna baldosa sobresaliente. Ese pequeño momento de ridiculez, que en tantos otros deviene en risa y, cuanto mucho, una ligera vergüenza, para Camila se había transformado en una reminiscencia de la risa de Franco; una risa monótona, constante, como la risa del pájaro carpintero que su mamá le hacía mirar, muy de chica, mientras se “encargaba” de un hombre en su pieza.
Un episodio, uno de los últimos, había sido bastante desagradable. Camila le contaba, mientras almorzaban en un restaurante que enfrentaba al río, como el reiki había cambiado su vida. Franco, quizás por celos, ya que el profesor parecía interesado en Camila, la insultó, y le dijo que todas las culturas orientales que habían sido ensambladas en la cultura occidental eran cosa para idiotas.
La situación de los perros se volvía más y más violenta. Tanto, que fue necesario que unos adolescentes que pasaban en bicicleta por ahí tuvieran que separarlos. En un momento, uno de ellos pareció ser mordido, y pateó a uno de los perros, que largó un aullido, haciendo voltear a los comensales de los bares aledaños.
Camila miraba el reloj. Sabía que Franco no llegaría nunca. Ella llegó hasta ahí envuelta en un impulso frenético, irracional para la superficie clara de la consciencia. Prendió un cigarrillo, miró el paquete: sólo tres. Cuando acabara todos volvería a su casa. Calculó no más de cuarenta y cinco minutos.
    No pudo evitar pensar en Julia, y en cómo estaría berreando sin ella. Esa necesidad la desesperaba, la irritaba. Estaba, de todas maneras, en cuidado de su madre. Ya vieja, pero con la suficiente capacidad para cuidar a una criatura semejante. ¿La quería? No lo sabía. Ese fruto de su cuerpo y del cuerpo de Franco recordaba muchas cosas que eran mejor no recordar.
    La lluvia comenzaba a caer. Las primeras gotas, imperceptibles para la piel de Camila, resbalaban por las hojas de los árboles. La primera gota que ella sintió cayó sobre su hombro izquierdo, descubierto por la musculosa blanca que, a pesar del frío, llevaba puesta. Era una lluvia ligera, como un llanto que se intenta contener. Los ojos claros abiertos, impresionables, vieron lo que fue la primera de las imágenes: un caballo blanco (más blanco por el contraste entre lo oscuro del parque donde se encontraba) corría llevando, en la boca, una pequeña muñeca de hilo blanco, con dos bolitas negras como ojos, y un pequeño vestido azul con puntos negros. Bastó con que Camila, asustada, pestañeara con rapidez para que la ilusión desapareciera. Sin embargo, una extraña sensación había quedado en ella. Algo que le había dolido hace tiempo, y que ya no recordaba pero que estaba latente, había comenzado de nuevo a doler.
Pensó, con razón, que no debía permanecer allí. Si estaba enloqueciendo, era mil veces mejor enloquecer en su casa que a orillas del río. Se levantó, apoyando un pie sobre una de las piedras minúsculas que orbitaban cerca de la que ella  estaba sentada. Cuando intentó pisar la piedra siguiente, y pegar el envión para salir del charco donde estaba rodeada, sintió que la piedra se hundía, junto con su pie, a una viscosidad de una sustancia negra que la convención, en ese momento olvidada, no pudo llamar “barro”.
Ya en el piso, sintió como la lluvia apuraba su ritmo. Las gotas que parecieron, hace unos minutos, acariciar su piel, ahora eran balas de un calibre mojado. Creo que las confundió, en algún momento, con su llanto. Hizo fuerza para levantarse del barro, y cuando lo hizo, la musculosa blanca que resplandecía en la noche estaba llena de manchas. Sintió, de alguna manera, que su vientre estaba manchado. El celular y los cigarrillos quedaron tirados en el pasto cuando comenzó a correr tropezándose con ramas, lastimándose los tobillos como cuando era niña y jugaba a la mancha con Diana, Perla y Eliana.
La segunda visión apareció cuando intentó cruzar la calle. Los bares estaban, ahora, vacíos. Una inmensidad de negrura atravesaba la calle, cubriendo la luz de los postes, las rayitas amarillas de la calle y los pinos del bulevar. En ese líquido negro, símil petróleo, iban nadando muñecas de su infancia, que creyó reconocer. Las mismas muñecas que su mamá le regalaba para sus cumpleaños, pero obsoletas, y rotas. Sin ojos, sin piernas o manos. Algunas tenían, pero muy pocas, broches incrustados como navajas en sus cuerpos. Además de las muñecas, en el líquido también flotaban cartas, de esas que su mamá leía cuando lloraba, o al revés.
Acorralada por la imagen en la calle corrió para el lado contrario. El ruido del agua, los saltos de los peces, se hacían cada vez más cercanos. Sus piernas pisaban lo que pensó que no eran hojas.

El río pareció, al verlo, familiar y calmo, comparado con aquel otro río. Fue imposible no tirarse.