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jueves, 10 de julio de 2014

El trabajo

Eduardo subió con esfuerzo la última bolsa -cubierta de un polvillo amarillo y molesto- al camión, que ya estaba en marcha. Se secó la frente transpirada, con la manga del buso, sintiendo, al tiempo que lo hacía, esa satisfacción que lo asaltaba durante el crepúsculo, aquel momento en que el trabajo estaba terminado y ya presentía el sabor del mate amargo, cebado por marta, al recibirlo. Creía que eso era el amor: un mate bien cebado en el declinar de las horas.
Subió al camión, en el que esperaba comiendo algunos bizcochos, Carlitos. Todo un ropero humano, el viejo Carlitos.
-Trescientas bolsas en una tarde. Todo un logro, eh, Carlitos- le dijo Eduardo al subir de un salto, mientras cerraba con un golpazo la puerta, pesada, del vehículo.
Carlitos no contestó. Se limitó a responder con un tímido movimiento de cabeza. Era de poco hablar, prendía la radio y parecía contestar con las diferentes letras de esas cumbias y chacareras.
El camión arracó. Se balanceaba de un lado a otro, por la irregularidad del camino.
Una distracción –minúsculo descuido en la eternidad estéril del tiempo- hizo que todo el trabajo de una tarde se corrompiera.
Carlitos no vio un pozo, bastante grande, bastante visible.  Cuando lo pisaron, el movimiento seco, hizo que las bolsas de harina, recientemente acomodadas por Eduardo, cayeran como el llanto de un nene ante un golpe de rodilla.
Desparramándose, la harina cubrió la calle, como si fuera la nieve que nunca cayó en el pueblo.

Eduardo bajó del camión y caminó, con pasos cortos y frenéticos, hasta su casa. Olvidándose, por el pequeño lapso que le llevó recorrer ese trayecto, del trabajo. 

viernes, 27 de junio de 2014

Esbozo de un pequeño aroma a recuerdo

Te cuelga del pelo, el recuerdo de una tarde a la que me apresuré con adjudicarle el olvido. Tenes en la piel los fantasmas de un patio y de un verano que pertenecieron a otro. (A quién no escribe). Tenes, sin saber por qué, quizás hasta no teniendo, los colores del crepúsculo, el dolor de los cardos en las plantas de los pies. Te cuelga del cuello, un verano de antes de esos en que nadie hablaba de política, ni de religión, ni de letras. Te arranca la sonrisa y tal vez sea la hora, el color de una pared lejana y pobre de un barrio de Areco. Ya se, por vos, noche, que el recuerdo no es un relato de la memoria sino que es un compendio de fantasmagóricas imágenes colándose por nuestros poros por todos nuestros orificios mientras yacemos al calor de una cama.

Oda a la cotidianidad

¿De qué colores veremos
los conventillos en el cielo?
No sería el paraíso sin el ruido
de eclécticos peatones 
masticando un choripan. 
O sin el dulce olor del vino
tinto que viaja 
en los colectivos vespertinos.
Mañana el sol seguro
-seguro como un pibe que
se juega la vida
por un televisor,
y algo más-
bañará todas las esquinas
de todas las pancitas amargas.
¿Y qué podemos hacer?
Nada.
Ni escribir, ni rezar.
Ni cantar con las hinchadas
los cantitos de insultos
habituales en partidos
que ya no nos distraen.
Que angostos resultan ser
los pasillos que llevan a la muerte
o al miedo.

Calle, hora, barrio,

Salgo a la calle y un tipo
golpea la puerta de mi atención
"¿Una moneda, amigo?" pregunta
con una mecanización hija
de haberlo preguntando ya tantas veces
que da lo mismo que sea yo
al que ahora se lo pregunta. 
Creo que lo conozco, lo vi antes.
Tienen los rasgos del hambre
del rencor y del frío.
(Y una bufanda le abraza la nuez,
del Adán padre).
No le sirve el cielo, ya
Al pordiosero que pide comer
A gente que no conoce ni sabe
Que esa misma noche lo verán
En la vigilia del sueño
Con el rostro del Hombre.
El peso con cincuenta ya estaba
en su mano cuando me despedí
sabiéndolo tan propio como mi sangre.

domingo, 20 de abril de 2014

BARRO

Camila se recostó sobre lo que parecía -vista a la luz pálida de la luna- una piedra grisácea de forma rectangular. Sintió, cuando su cuerpo tocó por primera vez la rugosa superficie, un frío recorrer su espalda, acabando como un ligero espasmo en la zona de la nuca. Junto con ese estremecimiento un deseo súbito la asaltó: quería ver a Franco. Verlo doblar la esquina de la callecita de tierra, en la que, justo ahora, dos perros se corrían, circularmente, debatiéndose un pedazo de carne que habían tirado, para divertirse, un grupo de comensales que, mirándolos, se reían sentados afuera de uno de los bares de la costanera, el más iluminado.
Una voluptuosidad de un azul algo más claro que el cielo se acercaba desde el horizonte sur, anunciando lo que sería, sin dudas, la primera lluvia de otoño. Camila las miró por un momento, pensando en que, si se largara a llover, el regreso a casa se complicaría muchísimo, ya que la calle se embarraría toda y, por ser sus viejas zapatillas de gamuza el único vehículo del que disponía, se ensuciaría, cayéndose, suponía, más de una vez.
Intentaba hacer fuerza para que no lloviera, como quién hace fuerza para no hacerse pis encima. Sentía, en lo íntimo de su inocencia, que ciertas cosas dependían de la voluntad; que ciertas redes espirituales unían al Universo con ese otro universo, no menos amplio y complejo, de nuestro interior. Por supuesto estas ideas a Franco le generaban unas incontenibles ganas de ejercer, en cualquier lugar en el que estuvieran, su exquisita capacidad para la burla. Algunas escenas las tenía olvidadas, pero otras, en cambio, y más en momentos como este, permanecían grabadas en su memoria, y salían, galopando, cada vez que volcaba un vaso con agua o tropezaba con alguna baldosa sobresaliente. Ese pequeño momento de ridiculez, que en tantos otros deviene en risa y, cuanto mucho, una ligera vergüenza, para Camila se había transformado en una reminiscencia de la risa de Franco; una risa monótona, constante, como la risa del pájaro carpintero que su mamá le hacía mirar, muy de chica, mientras se “encargaba” de un hombre en su pieza.
Un episodio, uno de los últimos, había sido bastante desagradable. Camila le contaba, mientras almorzaban en un restaurante que enfrentaba al río, como el reiki había cambiado su vida. Franco, quizás por celos, ya que el profesor parecía interesado en Camila, la insultó, y le dijo que todas las culturas orientales que habían sido ensambladas en la cultura occidental eran cosa para idiotas.
La situación de los perros se volvía más y más violenta. Tanto, que fue necesario que unos adolescentes que pasaban en bicicleta por ahí tuvieran que separarlos. En un momento, uno de ellos pareció ser mordido, y pateó a uno de los perros, que largó un aullido, haciendo voltear a los comensales de los bares aledaños.
Camila miraba el reloj. Sabía que Franco no llegaría nunca. Ella llegó hasta ahí envuelta en un impulso frenético, irracional para la superficie clara de la consciencia. Prendió un cigarrillo, miró el paquete: sólo tres. Cuando acabara todos volvería a su casa. Calculó no más de cuarenta y cinco minutos.
    No pudo evitar pensar en Julia, y en cómo estaría berreando sin ella. Esa necesidad la desesperaba, la irritaba. Estaba, de todas maneras, en cuidado de su madre. Ya vieja, pero con la suficiente capacidad para cuidar a una criatura semejante. ¿La quería? No lo sabía. Ese fruto de su cuerpo y del cuerpo de Franco recordaba muchas cosas que eran mejor no recordar.
    La lluvia comenzaba a caer. Las primeras gotas, imperceptibles para la piel de Camila, resbalaban por las hojas de los árboles. La primera gota que ella sintió cayó sobre su hombro izquierdo, descubierto por la musculosa blanca que, a pesar del frío, llevaba puesta. Era una lluvia ligera, como un llanto que se intenta contener. Los ojos claros abiertos, impresionables, vieron lo que fue la primera de las imágenes: un caballo blanco (más blanco por el contraste entre lo oscuro del parque donde se encontraba) corría llevando, en la boca, una pequeña muñeca de hilo blanco, con dos bolitas negras como ojos, y un pequeño vestido azul con puntos negros. Bastó con que Camila, asustada, pestañeara con rapidez para que la ilusión desapareciera. Sin embargo, una extraña sensación había quedado en ella. Algo que le había dolido hace tiempo, y que ya no recordaba pero que estaba latente, había comenzado de nuevo a doler.
Pensó, con razón, que no debía permanecer allí. Si estaba enloqueciendo, era mil veces mejor enloquecer en su casa que a orillas del río. Se levantó, apoyando un pie sobre una de las piedras minúsculas que orbitaban cerca de la que ella  estaba sentada. Cuando intentó pisar la piedra siguiente, y pegar el envión para salir del charco donde estaba rodeada, sintió que la piedra se hundía, junto con su pie, a una viscosidad de una sustancia negra que la convención, en ese momento olvidada, no pudo llamar “barro”.
Ya en el piso, sintió como la lluvia apuraba su ritmo. Las gotas que parecieron, hace unos minutos, acariciar su piel, ahora eran balas de un calibre mojado. Creo que las confundió, en algún momento, con su llanto. Hizo fuerza para levantarse del barro, y cuando lo hizo, la musculosa blanca que resplandecía en la noche estaba llena de manchas. Sintió, de alguna manera, que su vientre estaba manchado. El celular y los cigarrillos quedaron tirados en el pasto cuando comenzó a correr tropezándose con ramas, lastimándose los tobillos como cuando era niña y jugaba a la mancha con Diana, Perla y Eliana.
La segunda visión apareció cuando intentó cruzar la calle. Los bares estaban, ahora, vacíos. Una inmensidad de negrura atravesaba la calle, cubriendo la luz de los postes, las rayitas amarillas de la calle y los pinos del bulevar. En ese líquido negro, símil petróleo, iban nadando muñecas de su infancia, que creyó reconocer. Las mismas muñecas que su mamá le regalaba para sus cumpleaños, pero obsoletas, y rotas. Sin ojos, sin piernas o manos. Algunas tenían, pero muy pocas, broches incrustados como navajas en sus cuerpos. Además de las muñecas, en el líquido también flotaban cartas, de esas que su mamá leía cuando lloraba, o al revés.
Acorralada por la imagen en la calle corrió para el lado contrario. El ruido del agua, los saltos de los peces, se hacían cada vez más cercanos. Sus piernas pisaban lo que pensó que no eran hojas.

El río pareció, al verlo, familiar y calmo, comparado con aquel otro río. Fue imposible no tirarse. 

domingo, 9 de febrero de 2014

Todas las cosas del mundo

En lo irreal de la noche
-fruto de lo inmóvil
e irrisorio de su tiempo
(impune e invariable)-
Pasa y me roza la vida
una mujer
-cualquier mujer-
y deja en el aire
un perfume
-hijo de su fuga-
que creo,
o quiero,
reconocer.

Me recuerda
ese aroma,
-mezcla de jazmín
con rocío
de lluvia-
a una infancia
quizás mía,
quizás perdida,
quizás de todos.

Llegó a mi casa
para buscar ese recuerdo
entre los cajones de ropa
entre todas las cartas
entre todas las deudas.

Y no,
no lo encuentro.
No está.
Maldigo su inexistencia
prematura,
su exilio penoso
a las tierras vecinas
de la memoria
que ustedes llaman
olvido.

Terminó ya
está roto
el recuerdo resquebrajado
de lo vivido.
Se borraron
las marcas, la mancha
la certera herida
que deja pasar
por esta vida.

Se fue, por fin, el recuerdo
del niño feliz,
del fantasma
que con su no-saber-aún
teñía
de leve felicidad
todas las cosas del mundo.

martes, 12 de noviembre de 2013

La espera

Faltaban apenas un mes y medio para que terminara el año y -como en todos los años- Sandra sentía en la lengua, en sus pechos y hasta en su vestido azul nuevo cierta amargura. Esa amargura no era nueva, y era hija de la decepción que le había procurado -como en todos los años- ese año vivido (si es que ese verbo se podía aplicar a eso que había sido tan ligero, tan fácil, tan neutro y tan poco parecido a lo que las novelas y películas vendían como vivir). Mientras ensillaba el mate imaginaba si toda vida sería como la suya. Prefirió convencerse de que no, de que no era así, para nada. Prefirió eso porque, en rigor, como toda preferencia, le convenía: la posibilidad que al menos una vida no fuera como la suya significaba también la posibilidad de que esa insipidez que la acosaba no era clausula obligatoria de la existencia, y eso, gracias al cielo, la llevó a pensar que en algún momento algo podría cambiar, porque desde ya todos sabemos que nadie está tan limitado como para vivir solo una vida.
Fede, su hijo, jugaba en el patio, con los hermanitos Juárez que vivían en la casa de al lado. No los veía pero los escuchaba desde la ventana, que permanecía cerrada para disimular el calor del verano, ya que la habitación estaba tan mal diseñada que justo el sol de las tres de la tarde le pegaba de frente. Cerrada y todo, aún se escuchaban los gritos:
-¡Gooool! ¡Goooooool!
-¿Qué gol? ¿No ves, boludo, que la pelota pasó por arriba de la campera? ¿Sos ciego vos?
-Tomatela, envidioso.
Que Fede gritara gol igual que su padre le molestaba horrores. La primera vez que lo había escuchado gritar así había sido durante su debut en el club del barrio, en el que hizo ganar al equipo con un certero pelotazo que el arquero no alcanzó ni a ver. Entonces la boca de Fede se abrió grande, demasiado grande, e hizo eso, gritó, y ella escuchó ese, hasta ese día olvidado, recordatorio de que Fede alguna vez había tenido un padre, que también gritaba gol.  Por supuesto, lo dejó de llevar a la canchita. Cuando se lo contó a Marta ella le contestó que todos los hombres, en especial los argentinos, gritaban gol igual, que no se preocupara tanto. Esa respuesta no logró satisfacerla: para ella, existía alguna biología injusta que le había entregado a Fede la misma manera de gritar gol que su padre. Esa biología era injusta porque su padre no era ya su padre, había decidido no serlo más, sólo porque sí, porque lo había decidido así; por lo que Fede era solo de ella, su única progenitora, su único vínculo con lo que se pudiera llamar un “pasado”.
Este año –se dijo- había pasado igual que todos. Sola, siempre sola. Incluso sola cuando un hombre la desnudaba y la tocaba después de haberla invitado a tomar algo, mientras se tapaba la boca para que Fede no escuchara, mientras sentía unas manos anónimas –no por ignorancia de identidad, sino por indiferencia- subirle por la espalda hasta el cuello; incluso así, incluso allí, sola.
No debía engañarse más, no podía y no debía: desde que Jorge se había ido, ella se sentía sola. Y ligera, y liviana. Se sentía, en verdad, como un fantasma.
El 31 de diciembre, mientras Sandra festejaba con Fede el fin de año, que había sido como todos los otros años, olvidable, algo pasó, alguien tocó la puerta. Puedo imaginar la esperanza que habrá sentido, tan sincera y tan inútil, al levantarse para abrir la puerta.
Lo que ella esperaba, ese deseo que pareció revivir con el ruido del golpe en la puerta, le pareció muy tonto y muy ingenuo cuando vio  entrar a Marta y a Carmen con un pan dulce y unos turrones.  
Pensó, seguramente, que era otro año más. Y cortó los turrones, y los puso junto a las garrapiñadas, los dejó en la mesa y los comió con desdén.