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domingo, 20 de abril de 2014

BARRO

Camila se recostó sobre lo que parecía -vista a la luz pálida de la luna- una piedra grisácea de forma rectangular. Sintió, cuando su cuerpo tocó por primera vez la rugosa superficie, un frío recorrer su espalda, acabando como un ligero espasmo en la zona de la nuca. Junto con ese estremecimiento un deseo súbito la asaltó: quería ver a Franco. Verlo doblar la esquina de la callecita de tierra, en la que, justo ahora, dos perros se corrían, circularmente, debatiéndose un pedazo de carne que habían tirado, para divertirse, un grupo de comensales que, mirándolos, se reían sentados afuera de uno de los bares de la costanera, el más iluminado.
Una voluptuosidad de un azul algo más claro que el cielo se acercaba desde el horizonte sur, anunciando lo que sería, sin dudas, la primera lluvia de otoño. Camila las miró por un momento, pensando en que, si se largara a llover, el regreso a casa se complicaría muchísimo, ya que la calle se embarraría toda y, por ser sus viejas zapatillas de gamuza el único vehículo del que disponía, se ensuciaría, cayéndose, suponía, más de una vez.
Intentaba hacer fuerza para que no lloviera, como quién hace fuerza para no hacerse pis encima. Sentía, en lo íntimo de su inocencia, que ciertas cosas dependían de la voluntad; que ciertas redes espirituales unían al Universo con ese otro universo, no menos amplio y complejo, de nuestro interior. Por supuesto estas ideas a Franco le generaban unas incontenibles ganas de ejercer, en cualquier lugar en el que estuvieran, su exquisita capacidad para la burla. Algunas escenas las tenía olvidadas, pero otras, en cambio, y más en momentos como este, permanecían grabadas en su memoria, y salían, galopando, cada vez que volcaba un vaso con agua o tropezaba con alguna baldosa sobresaliente. Ese pequeño momento de ridiculez, que en tantos otros deviene en risa y, cuanto mucho, una ligera vergüenza, para Camila se había transformado en una reminiscencia de la risa de Franco; una risa monótona, constante, como la risa del pájaro carpintero que su mamá le hacía mirar, muy de chica, mientras se “encargaba” de un hombre en su pieza.
Un episodio, uno de los últimos, había sido bastante desagradable. Camila le contaba, mientras almorzaban en un restaurante que enfrentaba al río, como el reiki había cambiado su vida. Franco, quizás por celos, ya que el profesor parecía interesado en Camila, la insultó, y le dijo que todas las culturas orientales que habían sido ensambladas en la cultura occidental eran cosa para idiotas.
La situación de los perros se volvía más y más violenta. Tanto, que fue necesario que unos adolescentes que pasaban en bicicleta por ahí tuvieran que separarlos. En un momento, uno de ellos pareció ser mordido, y pateó a uno de los perros, que largó un aullido, haciendo voltear a los comensales de los bares aledaños.
Camila miraba el reloj. Sabía que Franco no llegaría nunca. Ella llegó hasta ahí envuelta en un impulso frenético, irracional para la superficie clara de la consciencia. Prendió un cigarrillo, miró el paquete: sólo tres. Cuando acabara todos volvería a su casa. Calculó no más de cuarenta y cinco minutos.
    No pudo evitar pensar en Julia, y en cómo estaría berreando sin ella. Esa necesidad la desesperaba, la irritaba. Estaba, de todas maneras, en cuidado de su madre. Ya vieja, pero con la suficiente capacidad para cuidar a una criatura semejante. ¿La quería? No lo sabía. Ese fruto de su cuerpo y del cuerpo de Franco recordaba muchas cosas que eran mejor no recordar.
    La lluvia comenzaba a caer. Las primeras gotas, imperceptibles para la piel de Camila, resbalaban por las hojas de los árboles. La primera gota que ella sintió cayó sobre su hombro izquierdo, descubierto por la musculosa blanca que, a pesar del frío, llevaba puesta. Era una lluvia ligera, como un llanto que se intenta contener. Los ojos claros abiertos, impresionables, vieron lo que fue la primera de las imágenes: un caballo blanco (más blanco por el contraste entre lo oscuro del parque donde se encontraba) corría llevando, en la boca, una pequeña muñeca de hilo blanco, con dos bolitas negras como ojos, y un pequeño vestido azul con puntos negros. Bastó con que Camila, asustada, pestañeara con rapidez para que la ilusión desapareciera. Sin embargo, una extraña sensación había quedado en ella. Algo que le había dolido hace tiempo, y que ya no recordaba pero que estaba latente, había comenzado de nuevo a doler.
Pensó, con razón, que no debía permanecer allí. Si estaba enloqueciendo, era mil veces mejor enloquecer en su casa que a orillas del río. Se levantó, apoyando un pie sobre una de las piedras minúsculas que orbitaban cerca de la que ella  estaba sentada. Cuando intentó pisar la piedra siguiente, y pegar el envión para salir del charco donde estaba rodeada, sintió que la piedra se hundía, junto con su pie, a una viscosidad de una sustancia negra que la convención, en ese momento olvidada, no pudo llamar “barro”.
Ya en el piso, sintió como la lluvia apuraba su ritmo. Las gotas que parecieron, hace unos minutos, acariciar su piel, ahora eran balas de un calibre mojado. Creo que las confundió, en algún momento, con su llanto. Hizo fuerza para levantarse del barro, y cuando lo hizo, la musculosa blanca que resplandecía en la noche estaba llena de manchas. Sintió, de alguna manera, que su vientre estaba manchado. El celular y los cigarrillos quedaron tirados en el pasto cuando comenzó a correr tropezándose con ramas, lastimándose los tobillos como cuando era niña y jugaba a la mancha con Diana, Perla y Eliana.
La segunda visión apareció cuando intentó cruzar la calle. Los bares estaban, ahora, vacíos. Una inmensidad de negrura atravesaba la calle, cubriendo la luz de los postes, las rayitas amarillas de la calle y los pinos del bulevar. En ese líquido negro, símil petróleo, iban nadando muñecas de su infancia, que creyó reconocer. Las mismas muñecas que su mamá le regalaba para sus cumpleaños, pero obsoletas, y rotas. Sin ojos, sin piernas o manos. Algunas tenían, pero muy pocas, broches incrustados como navajas en sus cuerpos. Además de las muñecas, en el líquido también flotaban cartas, de esas que su mamá leía cuando lloraba, o al revés.
Acorralada por la imagen en la calle corrió para el lado contrario. El ruido del agua, los saltos de los peces, se hacían cada vez más cercanos. Sus piernas pisaban lo que pensó que no eran hojas.

El río pareció, al verlo, familiar y calmo, comparado con aquel otro río. Fue imposible no tirarse. 

domingo, 9 de febrero de 2014

Todas las cosas del mundo

En lo irreal de la noche
-fruto de lo inmóvil
e irrisorio de su tiempo
(impune e invariable)-
Pasa y me roza la vida
una mujer
-cualquier mujer-
y deja en el aire
un perfume
-hijo de su fuga-
que creo,
o quiero,
reconocer.

Me recuerda
ese aroma,
-mezcla de jazmín
con rocío
de lluvia-
a una infancia
quizás mía,
quizás perdida,
quizás de todos.

Llegó a mi casa
para buscar ese recuerdo
entre los cajones de ropa
entre todas las cartas
entre todas las deudas.

Y no,
no lo encuentro.
No está.
Maldigo su inexistencia
prematura,
su exilio penoso
a las tierras vecinas
de la memoria
que ustedes llaman
olvido.

Terminó ya
está roto
el recuerdo resquebrajado
de lo vivido.
Se borraron
las marcas, la mancha
la certera herida
que deja pasar
por esta vida.

Se fue, por fin, el recuerdo
del niño feliz,
del fantasma
que con su no-saber-aún
teñía
de leve felicidad
todas las cosas del mundo.

martes, 12 de noviembre de 2013

La espera

Faltaban apenas un mes y medio para que terminara el año y -como en todos los años- Sandra sentía en la lengua, en sus pechos y hasta en su vestido azul nuevo cierta amargura. Esa amargura no era nueva, y era hija de la decepción que le había procurado -como en todos los años- ese año vivido (si es que ese verbo se podía aplicar a eso que había sido tan ligero, tan fácil, tan neutro y tan poco parecido a lo que las novelas y películas vendían como vivir). Mientras ensillaba el mate imaginaba si toda vida sería como la suya. Prefirió convencerse de que no, de que no era así, para nada. Prefirió eso porque, en rigor, como toda preferencia, le convenía: la posibilidad que al menos una vida no fuera como la suya significaba también la posibilidad de que esa insipidez que la acosaba no era clausula obligatoria de la existencia, y eso, gracias al cielo, la llevó a pensar que en algún momento algo podría cambiar, porque desde ya todos sabemos que nadie está tan limitado como para vivir solo una vida.
Fede, su hijo, jugaba en el patio, con los hermanitos Juárez que vivían en la casa de al lado. No los veía pero los escuchaba desde la ventana, que permanecía cerrada para disimular el calor del verano, ya que la habitación estaba tan mal diseñada que justo el sol de las tres de la tarde le pegaba de frente. Cerrada y todo, aún se escuchaban los gritos:
-¡Gooool! ¡Goooooool!
-¿Qué gol? ¿No ves, boludo, que la pelota pasó por arriba de la campera? ¿Sos ciego vos?
-Tomatela, envidioso.
Que Fede gritara gol igual que su padre le molestaba horrores. La primera vez que lo había escuchado gritar así había sido durante su debut en el club del barrio, en el que hizo ganar al equipo con un certero pelotazo que el arquero no alcanzó ni a ver. Entonces la boca de Fede se abrió grande, demasiado grande, e hizo eso, gritó, y ella escuchó ese, hasta ese día olvidado, recordatorio de que Fede alguna vez había tenido un padre, que también gritaba gol.  Por supuesto, lo dejó de llevar a la canchita. Cuando se lo contó a Marta ella le contestó que todos los hombres, en especial los argentinos, gritaban gol igual, que no se preocupara tanto. Esa respuesta no logró satisfacerla: para ella, existía alguna biología injusta que le había entregado a Fede la misma manera de gritar gol que su padre. Esa biología era injusta porque su padre no era ya su padre, había decidido no serlo más, sólo porque sí, porque lo había decidido así; por lo que Fede era solo de ella, su única progenitora, su único vínculo con lo que se pudiera llamar un “pasado”.
Este año –se dijo- había pasado igual que todos. Sola, siempre sola. Incluso sola cuando un hombre la desnudaba y la tocaba después de haberla invitado a tomar algo, mientras se tapaba la boca para que Fede no escuchara, mientras sentía unas manos anónimas –no por ignorancia de identidad, sino por indiferencia- subirle por la espalda hasta el cuello; incluso así, incluso allí, sola.
No debía engañarse más, no podía y no debía: desde que Jorge se había ido, ella se sentía sola. Y ligera, y liviana. Se sentía, en verdad, como un fantasma.
El 31 de diciembre, mientras Sandra festejaba con Fede el fin de año, que había sido como todos los otros años, olvidable, algo pasó, alguien tocó la puerta. Puedo imaginar la esperanza que habrá sentido, tan sincera y tan inútil, al levantarse para abrir la puerta.
Lo que ella esperaba, ese deseo que pareció revivir con el ruido del golpe en la puerta, le pareció muy tonto y muy ingenuo cuando vio  entrar a Marta y a Carmen con un pan dulce y unos turrones.  
Pensó, seguramente, que era otro año más. Y cortó los turrones, y los puso junto a las garrapiñadas, los dejó en la mesa y los comió con desdén. 

viernes, 25 de octubre de 2013

El cadáver

Horacio abrió los ojos desorbitados, como habiéndose despertado de una fatigosa pesadilla. Buscó, sobre la mesa de luz, la hora que titilaba números rojos en el despertador. Temía haberse dormido, por eso el alivio que sintió al ver que lo había hecho por sólo diez minutos: eran apenas las seis y diez.
Se levantó con ensayada delicadeza de la cama, tratando de no mover ni un centímetro a Claudia, que dormía aniñada y le quedaban algunas horas más de sueño por disfrutar. No parecía la misma mujer con la que había discutido en la noche; ella ahora, callada, cálida y dormida, se veía hermosa. La habitación estaba más oscura que de costumbre; seguro se debía a esas cortinas azules que ella había comprado ayer, y que no dejaban traslucir una sola partícula de luz, sobre todo en la mañana, cuando el sol no posaba directamente frente a la habitación. Eran- en rigor- horribles, pero a ella le gustaban, qué tanto.
En la ducha, Horacio comenzó a preocuparse por el presentismo. Había llegado tarde a la oficina una única vez, cinco años atrás, por el nacimiento de su hijo Marcos. Esa había sido razón suficiente para el jefe, totalmente justificada, pero haberse quedado dormido diez minutos por cansancio  era una excusa que ningún empleador en el mundo podría entender. Temió que por su impuntualidad le descontaran una porción del sueldo, que de por sí ya era bastante miserable, entonces sacrificó el desayunó para recuperar los diez minutos perdidos, y salió con la corbata aún sin atar para el garaje.
Terminó de encender el auto cuando un temblor le asaltó las manos al recordar que no había concluido un proyecto de financiamiento. Se le había escapado, y eso nunca le pasaba. La culpa que sintió fue tan sincera, tan cercana, que se paralizó dentro del auto encendido por lo que parecieron exagerados minutos, mezclada la angustia que estrujaba su pecho con el ruido monótono del motor. El grito de uno de los empleados que andaba por ahí juntando la basura de las casas lo llevó de nuevo a la realidad, y rajó sin despegar el pie del acelerador.
Era muy tarde, por lo que Horacio tomó una calle paralela a la avenida que transitaba usualmente. No recordaba haber tomado jamás esa calle, y ni siquiera creía haber sabido alguna vez de su existencia.
No había avanzado muchos kilómetros por la calle desconocida cuando vio una ligero mancha en el asfalto, que adquiría volumen a medida que se le acercaba. Bajó vencido por la curiosidad, y notó que la mancha era en verdad una bolsa negra, algo rota, solitaria en el medio de la calle.
Con atrevimiento y lentitud la abrió, y se encontró con el cadáver.
Vestía de traje verde, y su cara estaba totalmente envuelta en sangre, ocultando la mayoría de sus rasgos; sólo se veían dos ojos cerrados, que, de no ser por ellos, Horacio hubiera pensado que el muchacho había sido víctima de una muerte violenta. Nunca había visto uno antes, pero ese extravagante encuentro no lo aterró más que la idea de que alguien lo descubriera parado ahí y pensara – equivocadamente, claro- que la vida de ese joven ahora frío había sido arrancada por él. Tomó, entonces, la apresurada decisión de cargar el muerto en el baúl del auto e irse lo más rápido posible del lugar.
Durante los primeros metros hechos, la tranquilidad de no encontrarse más en ese lugar, sólo y con un cadáver, le provocó un sentimiento que lo obligó a agradecer a la Providencia. Pero, luego, cayó en la cuenta de que tenía que ir al trabajo, y que cargar ese muerto en el auto no había sido tan inteligente. Pensó en tirarlo, abandonado, en algún lugar de la banquina, pero advirtió que sería muy peligroso, ya que requería de una ligereza y unos métodos que desconocía. Además, estaba todo ese asunto de las huellas digitales, que –aunque él no supiera como funcionara- seguro servirían de atroz atajo para justificar su encierro.
Quiso llamar a su jefe, pero llamarlo para excusarse con que tenía un cadáver en el auto podría levantar alguna sospecha, así que se dijo para sí mismo, y casi gritando, como para convencerse:
-Qué me importa a mí, este cadáver sucio y anónimo. Tengo que ir a trabajar, porque yo todavía tengo una vida que mantener, y una mujer, y un hijo, y unas cortinas horribles y azules. ¡Que se vaya al carajo, me lo llevo nomás!
La efusividad fue disminuyendo a medida que se acercaba al edificio. Cuando ya estaba a unas cuadras, dudó en dejar el auto en el estacionamiento, porque le saldría cinco pesos que no pensaba gastar, pero dejarlo en el medio de la calle con semejante copiloto podría  traerle algún problema. Entró, pagó su lugar, y se fue caminando la media cuadra que le restaba para llegar a la oficina.
Como había llegado veinte minutos tarde intentó evitar el inevitable encuentro con su jefe. Cuando lo vio asomándose por un pasillo, quiso ensayar una huída, pero no resultó.
-¿Dónde cree que va, Gómez?
-A ningún lado en particular, Señor. (Sonó así, con S mayúscula).
-¿Está usted bien? Pareciera que acaba de ver a un muerto.
-¿¡Qué muerto!?
-¿Cómo que muerto?
-Nada, Señor. (Otra vez sonó así).
-Bueno. ¿Entonces terminó los proyectos de financiamiento?
-Sí, pero me los olvidé en el auto, Señor.
-Vaya a buscarlos, che. Que se piensa, que esto es una joda.
-No, Señor. Ya voy, Señor.
En un par de horas, Horacio ya creía ser mirado por las aristas más inquisidoras de sus compañeros. Claro que sentía que ellos sabían la verdad (la ahora inocultable e irremediable e ineludible verdad): la verdad que revelaba que no había terminado sus proyectos. Intentó ocultarla practicando algunas sonrisas que pecaban de hipócritas, preguntándole a los “muchachos” (entre ellos se llamaban así) por los paridos de fútbol que se jugaban todos los miércoles y a los que él, de manera militantemente antipática, no asistía. Ellos le contestaban con una brevedad cortante, que sí, que gano tal, que atajó tal, y los goles los hicieron Rodríguez, y Carusso, y Gómez (no él, sino otro). Cuando pensó que el ambiente ya estaba amable le preguntó a Carrasco si lo podría suplantar unos segundos en su oficina, que él iba hasta el auto a buscar unos proyectos. Carrasco aceptó con más resignación que amabilidad.
Horacio corrió hasta el estacionamiento. No sabía por qué carajo corría, pero alguna fuerza ininteligible para él lo obligaba a correr hasta allá. Cuando llegó, los proyectos no estaban, pero esa no fue la sorpresa, ya que él sabía que no los tenía. La sorpresa fue, atroz fue, enorme fue, cuando descubrió que el cadáver ya no estaba. Buscó por todos los lugares posibles: en el baúl, en el motor, debajo de los asientos, en la guantera. Pero el cadáver no estaba. La duda que zarpó su limitada mente fue harto previsible: ¿habría existido el cadáver en verdad? Habría jurado que sí, si no fuera porque ahora su ausencia invalidaba ese juramento. Hubiera jurado que sí porque había sentido su olor, había tocado su piel, que incluso se había desintegrado en sus manos y en su corbata. “Quizás –pensó- así es mejor. Y la Divinidad me ha librado de tan problemático paquete; quizá debo dar las gracias”. La sensación de alivio cesó cuando, inevitablemente, creció en sus sesos la intranquilidad. Cualquiera de nosotros puede conjeturar que la prueba de un acto que acometimos equivocada o canallescamente es más maleable cuando se la tiene en las manos, cuando se posee. Cuando esa prueba la tiene un otro, el asunto puede volverse más serio. Además de esa intranquilidad, Horacio sintió, tal vez, algo de celos: él lo había encontrado, no tenían derecho a arrebatárselo así, sin avisar.
    El celular sonó: era su jefe. No quiso atender, no era momento. Existen vidas que son vividas sólo para que lleguen a ciertas decisiones, a ese punto en que se determina un destino; Horacio se encontró en ese momento, debía elegir entre volver al trabajo, a su vida, o buscar el cadáver que había fortuitamente encontrado en la calle -como se encuentras monedas de un peso- esa mañana.           Eligió lo que él mismo un día anterior no hubiera elegido; eligió buscar el cadáver.
    No sabía si lo habían encontrado la policía y se lo había llevado, si lo había encontrado quién –o quiénes- lo mataron y se lo habían llevado o bien si, pero ya parecía irrisorio que fuera posible, que hubiera resucitado. De entre los muertos, hubiera resucitado.
Caminó (no quiso ir en su auto) por toda la ciudad. Buscaba un saco verde, una cara manchada en sangre, una mano gris, unos zapatos baratos. No sabía bien que era lo que buscaba, pero lo buscaba así, en fragmentos. Llegó hasta a la desesperada pregunta a los peatones, pero solo supo recibir caras consternadas, que reflejaban lo absurdo de la situación.
De pronto -justo en vísperas de la desesperación- una idea posó sobre su cabeza. Espontánea e injustificable como una clarividencia, una revelación, una epifanía: debía ir a donde lo había encontrado.
Corrió, tengo entendido que corrió, hasta allí. Cuando dobló en la esquina vislumbró algo que no podía creer: el bulto de saco verde estaba ahí, quieto e inmóvil, como lo había encontrado. Cuando se acercó a verlo, un golpe le abatió la cara, y lo dejó en el suelo. El cadáver se levantó, y su cara y su voz le dieron la forma de Giménez; la forma de alguien vivo.
-¿Te acordas de mí, Gómez?
Horacio hizo un esfuerzo para recordar, para intentar recordar algo que no tuviera nada que ver con ese día. Con esfuerzo recordó: que un mes atrás había entrado un secretario llamado Giménez, recordó que era inútil, recordó que no redacto unas tontas líneas –ahora le parecían tontas, pero antes no- y que por esa razón, tan minúscula pero no para él, lo hizo echar. Recordó que lo dejó sin trabajo, con una familia que mantener, por ser inútil.
-Yo sabía que tu mujer no iba tener ningún problema en poner el despertador diez minutos más tarde, porque te odia. También sabía que preocupado por llegar esos diez minutos más tarde, pelotudo y obsesivo como sos, ibas a pasar por esta calle abandonada y no por la avenida de siempre. También supe que tu miedo y tu estupidez iba a obligarte a levantarme, a mí, maquillado y sucio, y llevarme en tu auto. Sabía que tu miedo y tu necesidad  de terminar lo que empezás iban a obligarte volver acá, a donde te espero yo y esta pistola. A donde te espera un fin, anónimo y seguro.
-¿Qué vas a hacer, che? No me dig-
El golpe de la bala no lo dejó terminar la frase. Su muerte lo encontró puntual.   


 


lunes, 23 de septiembre de 2013

Cómo combatir hormigas

Ya conocía la historia de que Dios, arrepentido por la vastedad de su creación, dio vida a las hormigas para que poco a poco se comieran entero el planeta. No funcionó, claro; ahora comen día tras día el jardín de mi casa, con una organización y una perseverancia que no logré ver en casi ninguna persona.
Mis tardes consisten en exterminar a esos bichos de las maneras más crueles posibles, y hasta suelo imaginarme como un dictador anónimo y antiguo, mientras les salpico sin culpa el veneno que compra Carmen en el almacén de la esquina, que a decir verdad no es nada barato, lo que hace que cada salpicada que haga tenga que ser efectiva, sí señor, sí Carmen.
Como más sabe el diablo por viejo que por diablo, desarrollé algunas tácticas y estrategias que me animo a decir están a la altura de un General de ejercito. La que se me ocurrió el otro día, mientras desayunaba, es la que creo será más eficiente. Tanto que estoy seguro de que si existiera algún premio de las tácticas y estrategias para matar hormigas debería serme dado a mí. Debería recibirlo entre aplausos, entre gritos de mujeres, y claro de Carmen, parada ahí firme junto a mí, mientras sonrío recibiendo aplausos y aceptando el premio agradeciéndoles a las hormigas, que muchas gracias, que sin ellas no hubiera sido posible, y Carmen, ahí, llorando. Y yo.
La táctica comienza con ganase la confianza de las hormigas. Para eso instalé una carpa en la parte más alejada de mi jardín, que es muy extenso. Luego entendí que no funcionaría de esa manera, ya que la carpa es un habitáculo demasiado extraño y de seguro las ahuyentaría, entonces en la tercera noche la desarmé y me arrojé a dormir en la intemperie. Como aún estábamos en invierno el rocío en el pasto llegaba a congelarme todo el cuerpo. Yo que no soy friolento, sentía frío, pero sabía que era lo más inteligente que podía hacer, ya que había que ganarse la confianza de la hormiga; tenían que naturalizarme, verme ahí como deben ver a las piedras o a las pelotas de fútbol que Carlitos dejaba olvidadas. 
Carmen salía tres veces por día. Me cebaba mates amargos. Aunque yo le ofrecí varias veces pasar la noche conmigo (la luna se veía hermosa desde allí) ella rehusó la oferta, y dijo que estaba loco, que ella iba a dormir con sus habituales sábanas y almohadas. Yo casi no recordaba esas comodidades, estaba a punto de ganarme la confianza de las hormigas y así, clavarles el puñal por la espalda, la ansiada traición de Judas cuando menos lo esperaran.
Una mañana, para mi sorpresa, advertí que los bichos ya no construían su camino rodeándome, sino que me atravesaba completamente. Luego de unas horas ya las tenía todas encima de mi cuerpo. Me picaron sólo al principio, luego les serví de  puente para esa inmensidad verdosa que ellas tomaban como universo.
Reconozco que cuando comenzaron a crearse los hormigueos alrededor de mi cuerpo hubiera sido la oportunidad perfecta. Habían caído tan inocentemente en mi trampa, ya no importaba cuantos meses yo llevara allí, ya no importaba haber dejado de ver a Carlitos con la pelota o a Carmen con sus amargos, ya estaban ellas ahí, al alcance de la palma de mi mano. Las podía matar a todas desparramando los hormigueros por doquier, o llenándolos de agua o de veneno. Podía por fin volver a jugar al dictador.
Irónico sería verme ahora junto a ellas, formando fila y cargando en mi espalda las hojas de lo que alguna vez supe llamar mi jardín, pero que ahora llamo universo.

martes, 17 de septiembre de 2013

Volver a enamorarse

  La historia que narraré me fue referida por los hermanos Juárez, una tarde en la que los encontré paseando por su querida Córdoba. Advierto que de no haberla escuchado por ellos no tendría ningún lugar en estas páginas; sin embargo, los relatos de la gente que uno aprecia merecen el esfuerzo de la confianza.
Intentaré que mi narración esté a la altura de los hechos, y hasta puede que los años me dejen suprimir algunos prescindibles y molestos detalles.
  Rosendo Cagnoni vestía de negro traje los días martes, jueves y viernes. Ya casi se cumplían cinco años desde que había enviudado, por lo que todos le tenían alguna lástima. Se jactaba de no haber deseado a otra mujer desde la partida de su finada esposa y perpetuaba el recuerdo visitando su tumba los días martes, jueves y viernes, vestido de negro traje. Las flores que le llevaba eran diferentes de acuerdo a su estado de ánimo: los días en que más la extrañaba eran amarillas, los días en que entendía su ausencia –porque los caminos de Dios son misteriosos- eran rojas, y los días en que la odiaba por haberlo dejado sólo eran negras. Las flores las pagaba con su sueldo de herrero, que era lo único que lo entretenía los largos días de verano.
  Su rutina cambió cuando conoció a Paula. No sabemos dónde ni cómo fue que la conoció, pero no resulta difícil suponer que se enamoró de ella repentinamente, aún sin saberlo. También podríamos conjeturar -por lo que dijeron los vecinos- que el primer signo de ese enamoramiento, al menos el primero que él reconoció, fue la honda culpa sentida al dejar de visitar el cementerio en que yacía su difunta esposa.
  Rosendo, mientras veía esas revistas donde abundan las modelos, se divertía haciéndose saber que una mujer como Paula jamás podría figurar en ellas. Sus grandes ojos, su piel blanca como la leche y sus pequeños pechos no coincidían con ninguna de las esculturales mujeres de ese catálogo. Creía así confundir a su deseo, pero no lo lograba. Que le importaba que Paula no pudiera encajar en esas revistas, si él ya estaba enamorado y ella ya tenía el hábito de aparecer en sus sueños.
  Obedeciendo a su pasión, Rosendo la siguió un día hasta su casa y antes de que entrara, fingió con torpe espontaneidad un encuentro. Ella, más distraída que atenta, creyó en ese encuentro y aceptó ir a tomar un café con él, tal vez por lástima, tal vez por deseo, tal vez por ambos.
  Los encuentros con Paula se volvieron más cotidianos, en la misma medida en que se volvían más tensos, más incómodos, más sexuales. Bastaron pocas semanas más para que la primera noche de noviembre los encontrara compartiendo la misma cama.
  Así estuvieron algunos meses, en los que Rosendo sentía resurgir su espíritu joven, en los que creía estar viviendo en una segunda primavera. Paula, sin embargo, cada día más taciturna, comenzaba a rechazar esos encuentros y a inventar irrisorias excusas para no verlo.
  Un día, lo dejó.
  La explicación que le dio a Rosendo es harto conocida por todos los hombres: creía estar enamorándose, y no deseaba hacerlo, porque en su adolescencia un hombre la había enamorado y dejado a los pocos meses, y desde ese día se prometió no volver a permitirse enamorarse.
Rosendo, sumido en una agonía nueva, sacó su traje polvoriento del ropero, y volvió a vestirse con él, sólo que ahora lo usaría todos los días.
  Al poco tiempo se volvió cliente de un pequeño boliche de la ciudad, en el que se destacaba por ser el cliente más viejo. Los jóvenes lo odiaban, porque él debía estar en otra parte, en cualquier otra parte, menos allí.
  Cierta noche cualquiera, de esas que no prometen ninguna fortuna, Rosendo notó que una adolescente, apenas una niña, lo miraba constantemente. Su experiencia le hizo notar que la joven lo miraba con deseo y, como no tenía nada mejor que hacer, se acercó hacia donde ella estaba.
  De tez blanca como el azúcar, la muchacha se prometía bella y él, que era un hombre que gustaba de apreciar la belleza, no tardó en desearla. La tomó de la mano, y cuando quiso acordarse la muchacha ya era mujer y ya dormía a su lado, con los senos al aire.
  Así estuvo por meses, enseñándole a la niña todo lo que él sabía del amor y, por qué no, de la muerte.
  Cuando se cansó de que ella no fuera la que él realmente amaba, la dejó.
 Entonces la sufriente adolescente de tez blanca llamada Paula se prometió no permitirse volver a enamorarse jamás de ningún otro hombre.

jueves, 5 de septiembre de 2013

El visitante y la isla

Santiago llegó a la isla y su arena le pareció una gigantesca mancha amarilla, que contrastaba con la inmensidad azulada del mar, acariciándola con la espumosidad de sus olas. El desembarque no había sido forzoso; el agua se hamacaba templada como las almas orientales. Un cangrejo se deslizó bajo un hueco, aterrorizado ante el cansado primer paso del intruso, que sin saber miraba por primera vez con ojos cristianos aquella virginal geografía.
La isla, que seguramente no se extendía más que la ciudad de Roma, parecía ante las medidas de nuestro visitante un ajeno planeta, con sus particularidades y sus extravagancias.
La noche que cayó después de su llegada -convirtiéndola en anónima y segura- lo obligó a improvisar un refugio. Basto la madera de su bote y algunas enormes hojas y piedras para que la construcción lo acercara a una comodidad que le resultó familiar, recordándole otra vida.
Santiago, que conservaba algunas provisiones rescatadas del barco, comió lo que intuyó que sería su última cena. El pescado deslizándose por su garganta era endulzado por el vino, cálido y barato. Quizás, podríamos sospechar, lloró esa noche. Quizás sintió esa noche, al cerrar los ojos, la soledad de su existencia acentuada por la isla.
Un sueño, formulado por la luna llena o por la locura, fue recordado de esta manera: una gaviota blanca, que se confundía con las nubes, descendía del cielo para tragarlo. Dentro de su estómago, Santiago se encontraba con su tripulación, sólo que ninguno de ellos tenía armas ni dedos. Una mujer se encontraba allí también, sin que él pudiera precisar su identidad.
Luego se despertó, mientras los mosquitos devoraban su piel y su sangre, la que antes fuera usada para magníficos sacrificios. El calor, ennegreciendo su piel, lo tentaba a nadar. Mientras se desnudaba para hacerlo, una sustancia viscosa en el agua, que prometía ser una especie de animal, lo desanimó. Pensó que una muerte en la tierra sería mucho más digna que una muerte en el mar, y que de morir allí nadie jamás encontraría su cuerpo, y no podrían realizarse los rituales correspondientes que lo llevarían al descanso eterno.
El tiempo que sucedió a su llegada (imprecisable para él y acaso para nosotros) le sirvió de excusa y de maestro. Entre otras cosas aprendió una muy importante: consentir cada capricho de la isla. De esta manera, nuestro héroe comenzaba a conocer las técnicas que lo mantendrían con vida, tales como crear caminos a fuerza de machazos con el fin de que sirvieran para recorrer largas distancias; distinguir la fruta buena de la futra mala; conocer su gusto por el pescado salado del mar; fabricar maravillosas instalaciones en honor a algún dios ya ignorado e ignoto.
Sin aviso y sin preverlo -como emergen las verdaderas desgracias- el ejercicio de intentar recrear la imagen de la mujer que observó y no reconoció en su sueño, el de la primera noche en la isla, comenzaba a obsesionar sus tardes. Con arena, piedras, hojas y escamas intentaba alcanzar la figura de esa mujer, creyendo que la identidad de ese rostro estaba escondida en la profundidad de su alma, y que para alcanzarla bastaría con intentar una y otra vez hasta dar con los rasgos precisos, y que lo sabría cuando su corazón latiera como latió al despertar de ese sueño, inconfundiblemente.
Tardes enteras morían en el intento de saciar su ansiedad. Luego pasaron a ser tardes y noches, en las que olvidaba comer; ya al final se convirtieron en tardes, noches y mañanas, en las que se olvidaba de comer y dormir. Fue así como no transcurrió mucho tiempo hasta que comenzara a olvidarse de todo, de su nombre en aquella ya lejana otra vida; de sus necesidades, alegrías y miserias en la isla; de su inocente esperanza de ser rescatado. Olvidó todo aquello que no fuera su obsesión por la secreta y aguardada figura.
Harto de la frustración que le causaba no encontrar jamás la imagen de esa mujer, y tal vez infundido por un destello de última lucidez, el visitante decidió derribar la figura y arrojarla al mar. Al hacerlo sintió una nostálgica libertad, similar a la que se siente cuando se abandona un vicio.
No funciono. Todas las mañanas la marea traía consigo la escultura, entera, tal como era antes ser destruida.
Ya con primitiva inteligencia, el intruso creyó que la imagen regresaba porque la identidad había sido encontrada, tal vez el mar lo había notado antes que él.       
Esa noche esperó sentado en la playa a que la estatua apareciera. Una esperanza crecía y modificaba su respiración, esperanza de creer que reconocer a la mujer sería reconocer su propio rostro, y así volver a tener nombre; así recordar quién fue alguna vez.
Cuando el sol comenzaba a cruzar el lejano horizonte, la marea alcanzó a los pies del dormido visitante la esperada escultura. Su inocente mano tembló al quitar las últimas algas que ocultaban la imagen. Cuando ya estuvo limpia, se acercó hacia el rostro para observarla mejor.
Nada. La mujer aún no le parecía nada. Una deshumanizada figura tallada en piedra y madera, sólo eso. Una mujer, que podría ser cualquier mujer. Sólo eso.
Entonces la dejó deslizarse de nuevo hacia el mar, no sin alguna decepción.
La escultura jamás volvió a aparecer por la isla, tal vez anunciando a nuestro visitante que él ya era otro, que nada de lo que había sido antes tenía lugar en la isla. Ya no existía en su espíritu ningún pasado que no fuera el de arena y de playa.
 Acepto tranquilamente, entonces, su patético destino.